Por: Alfredo Molano Bravo

Hablan los ministros

Hay que celebrar con hurras y hurras la sensibilidad del ministro de Medio Ambiente a raíz de los espantosos y reprobables derrames de crudo en el Putumayo y Nariño.

Las imágenes son dramáticas: una espesa nata de oro negro corriendo hacia las cristalinas aguas de los ríos de la Amazonia y del Pacífico. No todas son cristalinas, hay muchas envenenadas con glifosato, mercurio, aguas calientes usadas por las petroleras y sustancias químicas como ácido sulfúrico y permanganato. La fumigación de los cultivos de coca y la producción de la cadena de la cocaína tienen tanta responsabilidad en la contaminación de aguas como la explotación de petróleo y la minería de carbón y de oro. El ministro nada dice –quizá lo ignora– de esas fuentes envenenamiento. Más a fondo: el Gobierno en general, comenzando hoy por el megaministro Cárdenas, no parece conocer el último informe de Fedesarrollo sobre deforestación, que es un problema más grave que la mera contaminación de ríos con petróleo. Colombia ocupa el tercer lugar en América Latina en superficie boscosa: 59 millones de hectáreas, de las cuales 8,5 millones son bosques primarios, la gran mayoría en la Amazonia. Entre 1990 y 2010 hemos perdido el 5,4% de esas selvas, que equivale a una extensión –dice el estudio– igual a la de Costa Rica. Es decir, la bobadita de 51.100 kilómetros cuadrados; o dicho de otra manera, se perdieron 5,4 millones de hectáreas de selva. ¿Cómo así?, preguntará el ministro. Sí, así de simple, como él mismo diría. Y más: la ganadería es la responsable del 60 % de la deforestación. Y un plus, ministro: las vacas no sólo se comen la selva sino se cagan en lo que destrozan produciendo continuas emisiones de gas carbónico. Veintitrés millones de vacas pastan holgadamente en 40 millones de hectáreas. ¿Cuánto pesa la boñiga húmeda de semejante cantidad de semovientes? De todas maneras en peligro de extinción hay 2.500 especies nativas. Y un datico, también de Fedesarrollo, para el vicepresidente: el 84% de los acueductos municipales están amenazados por el agotamiento continuo y progresivo de las fuentes de agua debido a la deforestación. Sobre esta tragedia, ni pío.

Y hablando de animales, hay que decir que los burros, de los que habla el ministro de Defensa, son también semovientes de naturaleza tranquila. Son pacientes, mansos, peluditos al nacer, pero nada brutos. Y las burras son apasionadas y hasta coquetas. No hablo de la guerrilla de la que habla y habla el señor Pinzón. Nunca habla de los desplazados de Guapi porque no ha recibido información de sus subordinados –¿lo serán?– sobre esta otra tragedia y porque presumo, “consecuencialmente” –como diría él mismo–, que no lee los informes de las ONG, que sin duda considerará pesadísimos y fantasiosos. De todas maneras, numerosas ONG coinciden en afirmar que las bombas lanzadas en la región montañosa de Guapi mataron no a 27 personas –unas guerrilleras y otras quizá no–, sino a 80. Habrá que ver. Así mismo, agregan que en el puerto deambulan110 familias y 463 personas registradas, o sea, ministro, ciudadanos, como los que viven en Rosales. Una tragedia. La gente huye por miedo a las bombas, a los encuentros armados, a las detenciones arbitrarias, a los allanamientos, a los señalamientos de colaboración con unos y con otros. Como el ministro sabrá, Guapi está situado al borde de un río que trae aguas de las veredas donde se llevan a cabo operativos militares que incluyen la prohibición de navegar de noche, lo que impide las faenas de pesca, que en realidad son de subsistencia. Para completar la tragedia, el batallón número 42 de la infantería de marina ocupa en forma regular –irregular, mejor dicho– instalaciones de la Normal Superior La Inmaculada y los hogares infantiles de San Joaquín y Santa Ana en Guapi, locales que debían servir de albergue a los desplazados.

Con los días de confrontación ciega, la tragedia humanitaria y ambiental se intensifica. Después de Nariño y Cauca, han entrado a la danza de muerte Caquetá, Meta, Putumayo. Y al ritmo de ojo por ojo, entrarán otras regiones, y cientos de colombianos que hoy están vivos estarán muertos.

 

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