"Si vamos a decidir sobre la vida y la muerte, vamos a hacerlo juntos": Claudia López

hace 5 horas
Por: Piedad Bonnett

Hablando de maestros

A la salida, la niña, de cinco años, le dio un abrazo a su maestra y le dijo: “gracias por todo”. Y luego, en voz baja, añadió: “gracias por no pegarme”. La persona que me cuenta esta anécdota es Liliana del Valle, docente de preescolar en la Institución Educativa Villa Flora, en la comuna 7 de Medellín, y ganadora de múltiples distinciones nacionales e internacionales por su capacidad innovadora.

Liliana, una mujer dulce que perdió hace unos meses a sus tres sobrinitas en un accidente, es dueña de una fuerza enorme. Entramos en contacto hace algún tiempo, a raíz de una columna mía sobre la asfixia que pueden llegar a producir las maestrías y doctorados que mantienen a muchos jóvenes encerrados en cubículos en los mejores años de su vida, pues ella se siente una víctima de esas exigencias. Seis años le llevó hacer un doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud en una ciudad distinta a la suya, viajando constantemente para cumplir con los requisitos de la universidad, donde dice haber sufrido aislamiento y la indiferencia de algunos profesores. Para lograr pagar sus estudios tuvo a veces hasta tres trabajos, y debió ir lentamente, tomando pocos créditos cada semestre. Pero lo logró, y hoy tiene una remuneración digna gracias a su esfuerzo. Cuando le pregunto si aprendió en ese doctorado, sonríe y dice que no tanto como esperaba. Que donde verdaderamente ha aprendido es en su contacto con los niños.

Recién llegada a Villa Flora, Liliana notó que había niños que faltaban mucho. Cuando indagó por qué, se encontró con una realidad espeluznante: las llamadas “barreras invisibles”, manejadas por las bandas delincuenciales, impedían que llegaran a la escuela. También con que había –y hay– balaceras frecuentes, y con que en un morro cercano y en las calles mismas algunas mañanas aparecían muertos. Los niños llegaban con aquellas imágenes en sus ojos. Entonces Liliana fue a hablar con los jefes de las bandas, para convencerlos de que a esos niños les convenía estudiar, y a los maestros poder ejercer a cabalidad su tarea, para que no pidieran traslado o la escuela marchara a medias. También los fue convenciendo, poco a poco, de las posibilidades pedagógicas que encierra el morro: allí pueden hoy sembrar, cultivar, en fin, todo lo que posibilita el contacto con la naturaleza. Lo otro que hizo fue involucrar a los padres de la comuna en las actividades de sus hijos. Liliana me cuenta que, en una comunidad atravesada por los naturales conflictos que generan la pobreza, la violencia, el machismo y la falta de oportunidades, la tarea que ella y sus colegas hacen con los familiares es convencerlos de la necesidad de tratar bien a los niños. Niños que no saben abrazar, que mienten porque tienen miedo de los adultos, que reciben una falsa idea de hombría o feminidad y cuyos padres a veces están en la cárcel o han sido asesinados. El último de sus premios lo invirtió Liliana en muebles ergonómicos para sus niños, iguales a los que vio en una pasantía en Toronto.

Ella es también capacitadora de maestros. Y recordemos que muchos de ellos enseñan en regiones apartadas, tienen varias jornadas, son víctimas de amenazas y la sociedad no los aprecia en lo que valen. Por eso marchan, y ¡ay! enojan a Isabella.

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2019-03-31T00:00:50-05:00

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2019-03-31T00:15:01-05:00

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