Por: Pascual Gaviria

Hablar pestes

MIS NOSTALGIAS DE ABOGADO AGRAdecerán siempre las visiones y la inquietud que genera una denuncia penal. Hacía tiempo no tenía en mi contestador un mensaje que mereciera oírse tres veces entre una deliciosa taquicardia: “…Este mensaje es para informarle que el próximo lunes, a las 10:30 a.m., debe presentarse a la fiscalía 156 local con su defensor, para diligencia de interrogatorio…”.

Se me acusa del delito de injuria por haber dicho en una columna de prensa que Luis Pérez Gutiérrez, ex alcalde de Medellín, era un fiasco probado y sufrido. Y por enumerar algunas de sus hazañas, no todas; para eso habría necesitado una novela entre negra y rosa.

En vista de que el asunto de los columnistas en el banquillo ha estado sonando desde que Molano habló duro contra los Araújo, he decidido aprovechar mis lecturas de sindicado para intentar una definición certera de injuria y calumnia, una que vaya reduciendo el cerco amplio e incierto que deja la letra del Código Penal. Sobre todo para saber qué tanto fastidio es necesario guardar cuando se habla de algunas calamidades públicas; mejor dicho, para saber hasta dónde se puede hablar pestes de algunas pestes.

Las sentencias de la Corte Constitucional que más luces dan sobre el tema no han tenido como escenario el sainete enconado de la política sino la militancia futbolística y el mundillo fogoso del cine nacional. Iván Mejía versus Jaime Rodríguez y Lisandro Duque en técnicas de duelo con Claudia Triana Soto, en su calidad de directora del Fondo Mixto de Promoción Cinematográfica.

Lo primero que ha hecho la Corte es ampliar la potestad de púgiles de los columnistas, eximiendo su pluma de las obligaciones de veracidad e imparcialidad que rigen para quienes se dedican a la divulgación de información. Nuestro trabajo, esencialmente subjetivo, amigo de la especulación y la mofa, encuentra sólo tres límites fundamentales: primero se habla de la obligación de diferenciar las opiniones de los hechos que las sustentan, impidiendo que los juicios de valor sean presentados con la máscara impávida de los hechos cumplidos. En últimas, el columnista es libre de construir sus apologías o sus diatribas, pero debe cerciorarse de que la materia prima sea cierta. O que por lo menos coincida parcialmente con las divinas fantasías del rencor.

El segundo de los límites es un poco más vago. Ha dicho la Corte que el ejercicio de la opinión se hace ilegítimo cuando se utiliza para emprender una persecución personal, basada más en los intereses y los prejuicios del columnista que en la intención de generar un debate. Nunca será fácil trazar la línea entre el libelo difamatorio y la legítima caricatura de autor. Las razones del juez nos dan sólo una pista: estamos en el terreno del abuso del derecho a la opinión cuando la ofensa se convierte en el objetivo primordial y las expresiones sobre una persona resultan desproporcionadas frente a sus actuaciones. En todo caso la Corte halló legítimo que El Gordo Mejía gritara todos los miércoles y domingos que El Flaco Rodríguez era un inepto, un incapaz y un incompetente. La tabla confirmaba su sentencia repetida.

El tercer lindero sigue la misma línea del anterior. Ha dicho la Corte que cuando el comunicador busca el simple desahogo del insulto se puede llegar al control extremo que impone el juez penal. La Corte aclara que la opinión posibilita el uso de un lenguaje “fuertemente emotivo”, y que las restricciones no dependen de la epidermis sensible del personaje pinchado con la pluma. El descontento de la persona involucrada no implica un abuso de la libertad de opinar. Debe demostrarse el ánimo frívolo de ofender sin razón, por simple capricho de lenguaraz.

Por último, será bueno decir que así como el derecho a opinar del columnista tiene límites ampliados según la Corte, el derecho al buen nombre de los personajes públicos sufre restricciones y sus comportamientos pueden ser mirados con mayor minuciosidad; con recelo y apetito burlón según mi traducción libre. En cuanto a la causa Molano-Araújo no me atrevo a hacer ninguna apuesta. El pleito de un periodista curtido contra una familia percudida hace prever una decisión dividida.

wwwrabodeaji.blogspot.com

 

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