Por: Héctor Abad Faciolince

Hace 20.000 años

Concebir un tiempo de larga duración no es fácil para los seres humanos. Llegamos siempre a un punto en que nos da lo mismo ocho que 80. Si nos dicen que el sol se va a apagar dentro de 80 mil millones de años o dentro de ocho mil millones de años, o incluso dentro de ocho millones de años, nuestra reacción es muy parecida en cualquier caso: es como si el cerebro levantara los hombros al no poder imaginar esos períodos de tiempo tan largos.

Como no es imposible vivir un siglo, entendemos muy bien lo que son cien años, y como el calendario cristiano cuenta el tiempo desde hace dos milenios, somos capaces de concebir el lapso transcurrido si nos dicen que Cristo o Julio César vivieron hace dos mil años. Incluso sabemos si tomaban vino o montaban a caballo. En cambio si nos dicen que algo ocurrió hace 20 mil años, ¿en qué pensamos? La prehistoria, es decir todo aquello que ocurrió antes de la invención de la escritura, parece un tiempo cubierto de niebla. Y sin embargo, gracias al auxilio de varias ciencias combinadas, se sabe mucho de lo que pasaba hace 20 mil años.

Se sabe, por ejemplo, que la tierra vivía la glaciación de Würm; que el número de personas como nosotros —homo sapiens— no pasaba del medio millón de individuos en todos los continentes que ya habían “descubierto” los humanos: África, Asia, Europa y Oceanía. Se piensa que lo más probable es que ningún congénere hubiera llegado todavía a Suramérica; que el nivel de los océanos estaba 120 mt. por debajo del actual y que las temperaturas promedio eran unos 10º C menos que las actuales. Esto hacía que las islas británicas estuvieran todavía conectadas al continente europeo y que hubiera glaciares en el altiplano de lo que hoy llamamos Bogotá.

Sabemos también que seres humanos iguales a nosotros cantaban, comían y cazaban. No podemos saber lo que cantaban porque los cantos se los lleva el aire, pero sí sabemos lo que comían y también sabemos que la música les gustaba. ¿Cómo lo sabemos? Lo sabemos porque en estratos de tierra bien datados por los geólogos se han encontrado flautas fabricadas con huesos de reno y esos huesos con agujeros los puede fechar un experto en carbono 14.

A esos mamíferos carnívoros de la especie homo sapiens se los suele llamar cavernícolas o trogloditas. Un taxónomo alemán llegó a proponer que los clasificaran como homo stupidus. Pero los tales hombres de las cavernas ni siquiera vivían en las cavernas. Vivían cerca de ellas, o a su entrada, para aprovechar las viseras de cierto tipo de peñas con grandes salientes que podían servir de abrigo y techo. Adentro, en cambio, las cuevas son frías, húmedas, inhóspitas, solo aptas para osos y hienas que hibernaban, esos sí, en las cuevas.

Acabo de recorrer en la Dordoña, al sur de Francia, uno de los territorios más ricos del mundo en pintura rupestre. Entré en algunas de esas cuevas con más respeto y unción que a cualquier templo. Hace 20 y 30 mil años seres humanos como usted y yo se instalaron allí, al borde de los glaciares del norte. Y cazaron mamuts, rinocerontes, leones, renos, bisontes, caballos, toros, uros, venados. Al mismo tiempo pintaron, grabaron o dibujaron una gran cantidad de todos los animales que veían (muchos de ellos ya extinguidos). El prodigioso arte parietal es un testimonio increíble de la sensibilidad y la inteligencia de esos “primitivos”, e incluso de su fantasía: esos artistas sin nombre (o que tal vez firmaron solo con la fina silueta de su mano) llegaron a pintar también animales que nunca pudieron haber visto porque jamás existieron. Tal vez por eso produce tanto asombro el famoso licornio de la entrada de la “sala de los toros” de Lascaux (ahora perfectamente reproducida para no dañar la original). Hace 20 mil años, como ahora y como siempre, la loca imaginación era capaz de reproducir perfectamente lo real, pero también lo fantástico, es decir lo que está, más que en las paredes de las cuevas, en las paredes de nuestro cráneo.

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