Por: Marcos Peckel

Hace 50 años

De siete certeros disparos, el 30 de Mayo de 1961 moría asesinado en una emboscada el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y Molina, alias 'el Jefe' o el 'Gran Benefactor', quien había gobernado República Dominicana desde 1930, cuando a través de un golpe militar se hiciera con el poder.

Trujillo gobernó con mano de hierro, haciendo gala de sus excentricidades y megalomanía: mujeriego al extremo, eliminó a miles de opositores, convirtiéndose así en el paradigma del dictador latinoamericano, de bigote, charreteras, fulgurantes medallas al pecho y espada al cinto, encarnado en obras magistrales de la literatura, como El señor presidente y El otoño del patriarca.

El País soy yo. Santo Domingo cambió su nombre a ciudad Trujillo, y el monte más alto del país fue bautizado Pico Trujillo. El país se convirtió en su hacienda privada, en la cual  el ‘Jefe’ hacía y deshacía a su antojo. Durante su régimen fueron asesinados unos 30.000  haitianos en una manifiesta limpieza étnica. A pesar de esto, firmó años después con el dictador vecino, François Duvalier, un pacto de no agresión y mutua protección. Trujillo colaboró también con el dictador cubano Fulgencio Batista ante el embate de Castro, intentó asesinar al presidente venezolano Rómulo Betancur y le dio refugió a Rojas Pinilla, de quien se burlaba por haberse dejado tumbar.

En la época de Trujillo, República Dominicana recibió a refugiados alemanes judíos altamente calificados, rechazados en Haití, quienes se dedicaron a administrar algunas   instituciones estatales.  Mi padre fue uno de ellos.

El legado de Trujillo ha sido foco de encendidos debates en esa nación. Muchos le atribuyen al generalísimo que el país no sea hoy lo mismo que Puerto Rico, un estado asociado a EE.UU., gracias a que despojó a los americanos del servicio de aduanas, del monopolio bancario y creó  el peso para reemplazar al dólar.

A semejanza de otros dictadores del continente, que entonces gobernaban la  mayoría de los Estados latinoamericanos, Trujillo desarrolló grandes obras de infraestructura; carreteras, puertos, puentes, industrias, plantas eléctricas y acueductos.

Cincuenta años después de aquella noche en que su vida fuera cegada, arrecia una  controversia sobre su legado. Mientras algunos aún hoy piensan acusar a su régimen ante tribunales internacionales por crímenes de lesa humanidad, otros intentan reivindicar su imagen como el salvador de la independencia dominicana.

El ubicuo fantasma de Rafael Leónidas Trujillo está presente en cada recodo del país, como parte integral de su identidad, de su yo, y de una narrativa caribeña que no puede desprenderse de la indeleble huella dejada por este hijo de un humilde hogar de militares y campesinos.

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