¿Cómo responder a los retos en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible?

hace 2 horas
Por: Columna del lector

Hacer el amor en público

Cristina Além y él caminaban una tarde cualquiera de mayo por Port Montebello, bordeando el Sena. Juntos tomaban brandy desde una botella envuelta en una bolsa de papel.

Después de sentir cómo el licor le quemaba su garganta, el hombre ciñó a Cristina por la cintura, la miró de frente y en un solo soplo le comió la boca. Luego sus manos largas se treparon entre los muslos de la mujer previendo el encuentro de dos órbitas perfectas: la majestuosidad hecha carne, el centro de gravedad sobre la Tierra.

Mientras los botes repletos de curiosos turistas flotaban en las aguas, el hombre encaminó a la dama hacia el paredón de ladrillos de piedra. Ajó su camisa, apretó entre los dedos sus mejillas y deslizó la boca cuello abajo hasta acertar en su pecho. Paralizada de placer, Cristina Além sintió el recorrido de la lengua sobre su areola, como si se tratara de una abeja revoloteando alrededor de un grano de polen.

El río parecía sensible a las mareas, entre tanto el hombre cuidadosamente despojó a la mujer de sus bragas de encaje y se la encaramó a su cintura. Los transeúntes más jóvenes de Port Montebello los miraban entre risas socarronas desde lejos. Unas madres que caminaban junto a sus hijos, avergonzadas, los enceguecían con sus manos. Y un japonés que presenciaba la escena tras unos binóculos, se masturbaba desde Notre Dame.

Cristina Além sintió vergüenza por unos segundos, pero una vez que percibió cómo su cuerpo era traspasado como por un cálamo, se abandonó al placer. El ritmo de la canción que sonaba entre los cuerpos había ido agitándose poco a poco, con el paso de los segundos y los ruidos salvajes del gozo. A su alrededor, se iba formando una horda de mirones que presenciaban sin pudor el espectáculo. Tras cada pálpito, Cristina Além rozaba su espalda lastimándose, masoquista, contra los ladrillos. A la vez, se aferraba con ahínco al cuello del hombre hasta dejar salir de su garganta un llantito fino, parecido al maullido de un siamés.

Después de hacer el amor, él cuidadosamente dejó que las piernas de Cristina tocaran de nuevo el asfalto. Desnudo del torso para abajo, giró su cuerpo en busca de un cigarrillo. Cristina Além le pasó fuego de sus labios, y mientras él fumaba contemplando a la horda de mirones que los cercaba se preguntó: ¿Si el hombre no se esconde para matar, por qué se esconde para hacer el amor?

 

*Isabella Portillla

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