Por: Gustavo Gómez Córdoba

¿Hacerse uno matar por pelota?

UNA LAMENTABLE CONDICIÓN FÍSICA me impide entender el problema enorme de los fanáticos del fútbol que, cada tanto (entendiendo, literalmente, “tanto” como gol) recurren a la violencia para expresar el malestar que les produce ver perder a su equipo.

Digo que una condición física pues, siendo dueño de unos pies más planos que pecho de nadadora y de la más feroz de las rinitis, nunca tuve con qué meterme a una cancha. Por eso, y, de ñapa, porque preferí los libros y los discos a los balones, no encuentro una sola razón valedera para que un muchacho mate a otro por el color de una camiseta.

¿Hacerse uno matar por adorar a un argentino que viene de paso, temeroso del país pero atraído por la plata? ¿Hacerse uno matar por respaldar a un arquero que visitaba capos asesinos en una cárcel? ¿Hacerse uno matar por apoyar al dueño de un equipo que, tras mudarlo de plaza por conveniencias monetarias, tiene por costumbre clavarles su virulenta lengua a los árbitros? ¿Hacerse uno matar por aplicar como dogma los comentarios de un periodista deportivo que aprovecha su programa de radio para llamar a sus colegas drogadictos y proxenetas? ¿Hacerse uno matar por un equipo al que ni el paso del tiempo logra enfriarle los dineros calientes? ¡No me jodan, yo no soy tan pelota! Llegado el caso, me haré matar por mis hijos, por la tranquilidad de mi familia o por salvar la vida de alguien, pero no cuenten conmigo para apuñalar en nombre de una camiseta sudada.

Hinchas o no, quienes entendemos al fútbol como lo que es, vale decir, un deporte, jamás digeriremos que un marcador decida quién vive y quién muere. De ninguna manera desconozco, por rinítico y mal parado que esté, la emoción de los goles o la importancia de medir fuerzas sanamente en un partido. Pero si el entretenimiento degenera en muerte, estamos dejando los terrenos de la civilización y regresando a las cavernas. Y les recuerdo que en las cavernas cualquier cosa parecida al fútbol se jugaba con cabezas humanas como balones.

Ojalá la solución fuera multar a los equipos, prohibir las barras, no permitir el uso de camisetas a los hinchas o sancionar las plazas y sus estadios. Medidas todas de aplicación incómoda pero no imposible. El verdadero partido de fondo es un poco más delicado: los hinchas asesinos matan y se matan porque, como Rodrigo D.,  no tienen futuro. El domingo, en el estadio, es el único día en que hacen algo que creen realmente valioso. El resto de la semana son ciudadanos de tercera, arrinconados en barrios infernales, acosados por la necesidad, acostumbrados al desempleo y susceptibles a todo vicio que se les cruce por enfrente. La aparente fortaleza que exhiben es apenas la capa externa de su fragilidad. 

¿Nos merecemos los hinchas que tenemos en este país acostumbrado a marchar en reversa? Estoy tentado a creer que sí, pero me reservo el íntimo derecho de decirle aquí al fanático de la navaja entre los bolsillos, al tipejo orate que prefiere pasar un domingo en el estadio mientras sus hijos andan perdidos en la calle, al que invierte lo del arriendo en seguir a su equipo por todo el país, al que se cambia el nombre en notaría para llamarse como el onceno de su ciudad y al que declara orgulloso que primero es hincha rojo, azul o verde que colombiano, que se le zafó algo en la cabeza y que debe correr a comprar el bono de salud para cita urgente con un psiquiatra. Están todos muy enfermos, enfermos de algo tan grave que mis pies planos y mi rinitis, expuestos frente a su dolencia, parecen apenas un partido de banquitas.

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Otra cosa: a Víctor Renán Barco deberían castigarlo no por los supuestos vínculos con Ramiro Vanoy, sino por haber asesorado a los gobiernos de los últimos 40 años en la tarea de apretarnos a todos con sus reformas tributarias. Una frasecita suya: “La política es la lucha por el poder, y el poder son los puestos públicos”. Así es don Víctor, hincha de la politiquería.

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