Por: Juan Gabriel Vásquez

Hacia el Estado totalitario

ERA CUESTIÓN DE TIEMPO. LA SEMAna pasada se publicó el decreto que regula toda una reforma de los servicios de inteligencia venezolanos, una de las maneras que Hugo Chávez ha tenido de reaccionar contra la derrota en las urnas en diciembre pasado.

La ley se debatió a puerta cerrada o, mejor, no se debatió: no hubo debate público, y claro (es un decreto), no hubo paso por la Asamblea. Lo cual, visto su contenido, es más bien lógico: porque la ley es uno de los pasos más claros que ha dado Chávez hacia el Estado totalitario con el cual viene coqueteando desde hace tiempo y que, para muchos, hace rato que ha llegado.

Con la nueva ley, los ciudadanos están obligados a colaborar con las nuevas agencias de inteligencia cuando éstas lo soliciten, y su negativa se castigará con años de cárcel: de dos a cuatro, y de cuatro a seis si se es empleado público. La inspiración, por lo menos en este lado del decreto, es claramente castrista, y los comités para la defensa de la Revolución, ese maravilloso aporte cubano a la historia de la paranoia, son el modelo evidente de estas disposiciones. Pero la cosa no acaba en la invasión del terreno privado. Con la nueva ley, además, también los jueces están obligados a colaborar con las agencias de inteligencia. Así que ya lo ven ustedes: de un plumazo, el decreto de Chávez ha echado abajo la separación de poderes (que nunca le había caído muy bien, hay que decirlo) y pretende convertir a los miembros de la Rama Judicial en agentes del poder central.

Se trata, en la práctica, de la creación de un país de informantes, de la institución de la delación como forma de vida y de la concentración de poderes nunca antes vistos en el Ejecutivo chavista. Y los antecedentes históricos de estos sistemas, de la Gestapo y sus 150.000 informantes a la Alemania comunista y su Stasi, no son demasiado amables. Como la Gestapo, como la Stasi, pero también como la cruzada anticomunista de Joseph McCarthy, el decreto de Chávez tiene claro que hay allá fuera toda una conspiración contra los valores nacionales, y está decidido a utilizar los medios que sean necesarios para enfrentarse a esas amenazas. La amenaza es el Imperio, por supuesto; y quizás es por el agudo sentido del humor que tiene la historia que el decreto de Chávez es tan potencialmente parecido a la Ley Patriota de Bush: correspondencias intervenidas, cuentas de banco vigiladas, espionaje a los ciudadanos.

Lo bueno de la Venezuela de Chávez es que me ha obligado a releer a Orwell, que ya había previsto todo esto: su aproximación a la inteligencia parece directamente sacada de 1984. Cuando el ministro Rodríguez Chacín dice que se necesitan agentes de inteligencia con “compromiso ideológico”, a mí me viene a la cabeza la ideología del Ingsoc, el “socialismo inglés” de la novela. Y cuando las autoridades utilizan datos electorales para eliminar de los servicios de inteligencia a los que consideran desleales, su comportamiento no se distingue demasiado del “crimen de pensamiento”, principal herramienta de la dictadura de Oceanía para deshacerse de los disidentes. Winston Smith, el protagonista, trabaja en el Ministerio de la Verdad, encargado de modificar la historia para que se adapte a las ideas del régimen: estoy seguro de que le hubiera parecido normal sostener que Bolívar no murió de tuberculosis, sino asesinado por la oligarquía colombiana.

Para resumir: la pregunta no es si los venezolanos han leído 1984. La pregunta es si no les importa que Chávez, el Gran Hermano, los observe.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez

Recuperar la decencia

A manera de despedida

Los libros de Coetzee

¿De qué paciencia estamos hablando?

Peligro: literatura sobre la vida