Por: Manuel Guedán

¿Hacia la democratización de la derecha?

Dice Giulio Andreotti que “el poder desgasta, pero que desgasta más la oposición” y parece que tiene razón, a juzgar por lo que pasó en el Partido Socialista Obrero Español, cuando perdió las elecciones en 1996, y con lo que está pasando ahora con el Partido Popular.

Este político italiano, que ha visto y ha pasado por todo -fue presidente del Consejo de Ministros en tres ocasiones, ministro en otras muchas y parlamentario desde 1946- tiene claro que las grandes crisis de los partidos suelen coincidir con la pérdida del poder y con la escasez de cargos. Cuando el dedo del líder satisface a muchos nadie se atreve a pedir explicaciones, pero cuando el reparto escasea, las voces de los que piden democracia interna aumenta considerablemente.

Y eso es lo que está pasando en el Partido Popular -una formación con tradición presidencialista e, incluso, autoritaria-, que ha surgido un sector que defiende por primera vez las primarias y que pide a su presidente una mayor democratización del partido.

A pesar de estos movimientos internos, Mariano Rajoy será con toda probabilidad reelegido presidente del PP en el Congreso de junio, pero va a tener que enfrentarse a una situación totalmente nueva para la derecha española. Manuel Fraga, ex ministro de Franco, designó a José María Aznar como su sucesor; José María Aznar designó a Mariano Rajoy, sin debate interno, y ahora Mariano Rajoy está teniendo dificultades para reelegirse a sí mismo.

Aparte del acertado diagnóstico de Andreotti, otra circunstancia está contribuyendo al cambio en el Partido Popular y es que, por primera vez, hay líderes de Comunidades Autónomas, con poder territorial y legitimidad social, como es el caso de Esperanza Aguirre, en la Comunidad de Madrid, o de Francisco Camps, en la valenciana.

Durante cuatro años Mariano Rajoy ha hecho la política de Aznar. No se sabe si porque quiso, porque no pudo hacer otra cosa o por ambas cosas a la vez. Pero una vez perdidas las elecciones, se ha ido separando del aznarismo, ha ido retirando a sus antiguos colaboradores y sólo queda él, como único descendiente. Con su nuevo equipo, parece que el lenguaje está cambiando, pero todavía no se sabe hacia dónde: si va a seguir la senda de los neocons norteamericanos y de Berlusconi -tan querida por Aznar- o va a transitar por el camino de los democristianos europeos; o lo que es lo mismo, si va a estar más comprometido con el mantenimiento del Estado de bienestar –ahora que viene mal dada la economía- o se va a ajustar, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, al recetario liberal-conservador.

Y en materia de costumbres, si va a imitar a la derecha europea –tolerante y laica- o se va a alinear con el sector más conservador de la Iglesia española, separada de su propia doctrina social y acérrima partidaria de que sus dogmas –contra la homosexualidad, el aborto, los cuidados paliativos, a favor de la enseñanza obligatoria de la religión- impregnen la acción de Gobierno.

En la Europa de la postguerra, la derecha se dividió entre democristianos y liberales- conservadores y hoy siguen existiendo las dos corrientes en el Parlamento Europeo. La derecha española “se ahorró”, durante los 40 años de dictadura, ese debate ideológico y es ahora, en el próximo Congreso de junio, cuando tiene la oportunidad de decantarse y perfilar su propio proyecto.

Universidad de Alcalá

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Manuel Guedán

Virus sin fronteras, apátridas

Simbiosis de culturas

¿El fin de los neocons?

Las dos almas de la derecha española

Nuestro mayo del 68