Por: Saúl Franco

Hacia la medicina de género

El género es uno de los campos en los cuales se hace más obvia y tiene mayores implicaciones la complejidad de los seres humanos. Partimos generalmente del presupuesto de que el género entre los humanos es en blanco y negro: hombre y mujer. Pero no es así.

Por siglos se pensó que ciertas características anatómicas, funcionales o de forma, como la presencia de órganos sexuales masculinos o femeninos, el tono de voz o tener vello en ciertas partes del cuerpo eran suficientes para establecer la diferencia entre hombres y mujeres. Pero no lo son.

Con el desarrollo de la genética se creyó entonces que ella tendría la solución definitiva para determinar el sexo de las personas. Si en el paquete genético de alguien estaban los cromosomas X y Y, se trataba de un hombre. Y si la composición cromosómica incluía dos copias del cromosoma X, indudablemente se trataba de una mujer. Pero tampoco es tan así. Si bien en la mayoría de los casos la norma genética funciona, hay casos de hombres XX y de mujeres XY.

Cuenta también la identidad sexual, es decir, la respuesta a la pregunta: ¿a qué género siente y cree que pertenece cada persona? Cuando tal percepción no coincide con las características físicas y genéticas, se habla de personas “transgénero”, que plantean importantes retos psico-sociales, médicos y quirúrgicos.  Hace también parte de la complejidad social del género la cuestión de la elección de pareja.  Cada vez más hombres optan abiertamente por otro hombre como pareja y más mujeres eligen a otra mujer como su pareja, sin olvidar las personas cuya amplitud de criterio en este sentido no admite clasificación.  Y pesan mucho también los patrones culturales que intentan delimitar las fronteras del género, con márgenes muy estrechos de tolerancia y un fuerte contenido machista, patriarcal y moral.

El resultado global de todo lo anterior es una diferenciación de género que en la mayoría de los casos se ciñe a las creencias y expectativas culturales, pero también la existencia y el necesario reconocimiento de otras situaciones y categorías de género, con las consiguientes dificultades para su asignación, asimilación y adecuado funcionamiento, y serias consecuencias en la vida personal y en las normas, representaciones y comportamientos sociales.

En el campo de la salud no se han tenido suficientemente en cuenta las complejidades del género. No obstante, cada vez se tiene mayor conciencia e información sobre el tema y se van configurando prácticas y grupos multidisciplinarios en lo que ya se reconoce como “medicina de género” o, mejor aún, “medicina con perspectiva de género”.

Entre las múltiples implicaciones del género en la vida de las personas están justamente las relacionadas con las diferencias en la frecuencia, desarrollo, respuesta y significados de las enfermedades entre hombres, mujeres y otras categorías de género. En general se ha pretendido aplicar por igual a las personas de todos los géneros los mismos criterios, medicamentos y procedimientos médicos. Pero poco a poco se ha ido viendo que el riesgo de adquirir ciertas enfermedades, la evolución de una misma enfermedad y la respuesta al tratamiento varían drásticamente según el género de la persona.

Es tan importante la correcta y bien informada definición del sexo de cada persona como un mayor enfoque de género en la práctica médica, la salud pública y las políticas públicas. Tanto la existencia de servicios de medicina de género —ya existe uno en Cali, por ejemplo— como los logros en salud con perspectiva de género, en especial en el campo de la salud sexual y la salud reproductiva, están en la dirección correcta de la complejidad, la dignidad y la diversidad humanas, y deben contar con mayor apoyo del Estado, de los/las profesionales del sector, de la ciudadanía y de una opinión pública informada y discursiva.

* Médico social.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Saúl Franco

Hasta luego

El paludismo: seguimos perdiendo la pelea

Las ironías de la muerte