Por: Eduardo Barajas Sandoval

Hacia una década de protagonismo ciudadano

Ya es hora de que los ciudadanos no dejemos más la lectura de mundo, la interpretación de nuestros anhelos y la búsqueda de nuestro destino en manos de insensibles hacedores de cuentas. 

El ejercicio de la democracia moderna había comenzado más o menos por buen camino, hasta que sus protagonistas principales, que deberían ser los ciudadanos, terminaron por aceptar las definiciones del curso de su propia vida, formuladas por personajes que pretenden interpretar las características de las sociedad desde el ángulo exclusivo de la acumulación de riqueza, sin que les importe demasiado la forma como se distribuya.

Uno de los méritos de la irrupción de la democracia, a finales del Siglo XVIII, había sido el de superar las desigualdades provenientes del feudalismo europeo, el despotismo asiático o las monarquías tradicionales en todas partes, para conferir a todos los mismos derechos, a nombre de una igualdad que se sabía quimérica, pero serviría como ideal para que, en su búsqueda, se obtuvieran al menos aproximaciones decorosas a un mundo mejor repartido. 

Con el paso del tiempo entraron en concurso, sin reglas, todo tipo de explicaciones y propuestas sobre el deber ser, la función y las posibilidades de cada quién en diferentes órdenes. Por ejemplo en el de la producción y posesión de bienes y la prestación de servicios. También en el de las formas de ejercicio del poder político, con ideas diferentes sobre la naturaleza y el oficio del Estado. Circunstancias todas que marcaron la aparición de diferentes modelos de sociedad y de organización institucional que animaron y agitaron la vida del Siglo XX.

Concluidas ya las dos primeras décadas del Siglo XXI, se hacen cada día más evidentes los efectos nocivos del modelo aparentemente triunfador de la competencia de la centuria anterior, pues si bien ha impulsado un crecimiento nunca visto, en todos los lugares donde hace presencia ha conducido a la concentración del poder económico y la generación de una desigualdad ostensible. Desigualdad que se repite, en proporciones gigantescas, si se omiten las fronteras y se aprecia el conjunto de la comunidad mundial, vinculada de una u otra manera al sistema.

Como suele suceder, existen sobre el particular, esto es sobre las causas y los efectos del fenómeno, todo tipo de interpretaciones, e incluso de justificaciones, que salen a la luz en medio de la agitación de una época de mutaciones tecnológicas y universalización de parámetros de vida y de expectativas de bienestar compartidas en todos los continentes.

La interpretación dominante ha sido hasta ahora la que proviene de la lógica propia del modelo, que encuentra portavoces no solamente dentro de los protagonistas y beneficiarios de su rentabilidad, sino de comunidades de voceros que no vacilan en proclamar que la desigualdad es inevitable, lo cual puede ser cierto, y que debemos acostumbrarnos a tolerarla, pues a la larga quienes concentran el poder económico se encargan de “liderar la administración de la riqueza colectiva” y “de las oportunidades de los demás, a quienes proveen de empleo y facilidades de acceso a posibilidades de bienestar”, lo cual es muy discutible.

El problema es que los hasta ahora pontífices máximos de la interpretación del mundo, y autores de las fórmulas para hacerlo andar, estudian a la sociedad desde el punto de vista de los procesos que permiten producir, distribuir y consumir productos de toda índole, necesarios y suntuarios, conforme a una lógica que ignora otras opciones de análisis de la vida en sociedad y conciben fórmulas diferentes para manejar sus problemas. Con el agravante de que esas otras formas de ver las cosas quedan relegadas ante la contundencia del apoyo que los Estados terminan por darle a la dominante, de cuya puesta en escena forman parte. La actuación de la orquesta la completan medios de comunicación que sirven de caja de resonancia para una dosis diaria de explicaciones que exaltan “las bondades” del esquema y presentan su dominio como normal, único e inevitable.

Los ciudadanos, aparentemente dueños del poder político conforme a los predicados más elementales de la democracia, quedan entonces relegados a la hora de la verdad, que es la de los beneficios a repartir como resultado del trabajo de todos, y sometidos a la lógica de interpretaciones que no les pertenecen. Con el agravante de que sus reclamos resultan con frecuencia descalificados, o reprimidos, por ir en contra o afectar en alguna medida los argumentos que justifican decisiones legislativas o de gobierno, conforme a la idea de que el mercado es, supuestamente, el epicentro de todas las relaciones sociales.

Encima de todo, en muchos países se sigue gobernando como en el Siglo XIX, al tiempo que la oposición, cuando la hay, se ejerce más o menos con las ilusiones, proclamas, métodos, esperanzas y discursos del Siglo XX. De manera que muy pocos parecen haber entrado al Siglo XXI. Así que, prácticamente en todas partes, está por hacer la tarea política de generar una sociedad que, sin perder el impulso de logros científicos y tecnológicos al servicio del bienestar y de la creación de riqueza colectiva, consiga una institucionalidad democrática que funcione sin las desigualdades que por ahora tienen condenada a una buena parte de la humanidad a vivir una vida de privaciones que no merece.

Esa tarea política de búsqueda de la corrección de los desequilibrios sociales debe tener como protagonistas a los ciudadanos. Para ello será preciso que comiencen a comprender las hasta ahora lenguas extranjeras de la democracia económica, la participación política en tantos espacios institucionales que están abiertos, o hay que abrir, y la vigilancia de las acciones de gobiernos y órganos de elección popular, para que los administradores, y todos los demás, entiendan que no son los dueños del aparato en sus manos, sino simples mandatarios. La tecnología permite ahora ejercer todos esos controles mejor que nunca.

En todo caso, para llegar al fondo, se tiene que abrir paso un discurso, así sea por ahora incipiente y difícil de organizar, que recoja las explicaciones que los propios ciudadanos tengan de la configuración del mundo actual, y sus anhelos en cuanto al deber ser del mundo que merecen vivir. Discurso que debe entrar en diálogo con otros, inclusive con aquel que ha sido hasta ahora dominante, para encontrar las bases comunes de un modelo político e institucional a la altura de las circunstancias de una nueva época, que seguramente tendrá imperfecciones, pero que está llamado a corregir defectos que, de no enmendarse a tiempo, pueden llevar al colapso del edificio completo, que con tanto trabajo, y a pesar de las dificultades, se ha logrado construir. 

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