Hagámoslo difícil

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En el confinamiento obligatorio más de uno está perdiendo la cabeza, pero sobre todo los que dictan normas y prohibiciones que cambian cada semana. Cuando veo los exabruptos que encierran, pienso en esos juegos que se inventan los niños, que ponen a sus muñecos a cumplir reglas tan arbitrarias que nos hacen sonreír. Aunque en la vida real tanta minucia absurda no es un juego, sino una mortificación más en estos días sin salida.

El primero de esos exabruptos lo resume así mi amiga Maritornes en su blog Desde el fogón, en El Espectador: “los niños ahora pueden salir media hora sólo tres veces a la semana y pueden jugar pero no con balones. ¿Qué distópico raciocinio nos explica que sea media hora y no una, que sea tres veces por semana y no todos los días y que no puedan jugar con balones ni con patines?”. ¿Cómo se le explica al niño de ocho años, enloquecido de felicidad después de un encierro de dos meses, que el paseo consiste en caminar media hora por las calles aledañas? ¿Qué es lo terrorífico que puede suceder si es una hora en vez de media? ¿Y si saca su patineta, que desinfectará luego su mamá, dónde está el contagio? ¿Y quién controla si sale a diario o si se demoró 40 minutos?

¿Y qué me dicen de la arbitrariedad de permitir –con el argumento de que generan rentas indispensables– la venta de chance y loterías, como si estos establecimientos no ofrecieran riesgo de contagio, cuando se repite a cada instante a la ciudadanía el lema “Quédate en casa”? ¿Y qué tal la brillante idea que esgrimió en un noticiero una funcionaria del Estado? Según ella, van a encontrar canales virtuales para los vendedores ambulantes, que han vuelto a salir a la calle a desafiar el virus porque la necesidad los apremia, para que ahora hagan domicilios. ¡Viable, totalmente viable!

Claro que el alcoholismo genera violencia, y más en confinamiento familiar obligado. Pero, ¿tiene sentido que, “porque así han hecho en otros países”, no se pueda vender sino una unidad de licor, cerveza incluida? En primer lugar, esa prohibición, nacida de un moralismo paternalista, atenta contra las libertades individuales. Pero, además, el borracho va a salir entonces no una sino varias veces a la tienda. Y en esta, o en el supermercado, como ya vi, para burlar la ley, aconsejan que entonces uno lleve el “six pack” que cuenta como una unidad.

¿Y por qué los miembros de un matrimonio que llevan encerrados 60 días, y que además duermen en la misma cama, no pueden trotar en pareja sino de a uno? Insisto, ¿por qué un “anciano” de setenta y pico no puede salir con su tapabocas en busca de mover el esqueleto y recibir un rayo de sol? ¿No los estarán enfermando de osteoporosis y de paso de depresión? Y hablando de querer a la mamá, ¿por qué no se puede ir a verla en carro particular, donde las posibilidades de contagio son mínimas, guardando las distancias y cumpliendo con los “protocolos”? ¿Y qué me dicen del monto de la multa, casi un millón de pesos? ¿Esta puesta para que sólo la paguen cuatro pendejos? Y si el policía se la pone, a pesar de que usted le explica que le lleva la platica del cajero a su anciano padre, ¿qué tan factible es apelar ante un inspector en las siguientes 24 horas? ¿Va a querer usted ir a una comisaría? Eso y más. De Ripley.

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