Por: Arlene B. Tickner

Hágase a un lado, Tea Party

Entre 1979 y 2009 los ingresos del 5% de las familias más ricas aumentaron en casi 73%, mientras que los del 5% más pobre disminuyeron en 7%.

En 2010 un 15% de la población era pobre y el coeficiente de Gini era 0,469, ubicando al país entre los primeros 40 con peores niveles de desigualdad en el mundo. El 70% de los universitarios tienen deudas que en promedio ascienden a US$24.000 y 85% se ven obligados a seguir viviendo con sus padres una vez se gradúen, dados los altos niveles de desempleo. Cualquier parecido con el tercer mundo es pura coincidencia: el país al que se refiere aquí es Estados Unidos.

No es de extrañar, dado lo anterior, la aparición de Ocupar Wall Street. Si algo sorprende es que la protesta estadounidense haya tomado tanto tiempo en materializarse. Con amplios sectores de la población ahogados en deuda, en apuros para satisfacer necesidades básicas como la alimentación y la salud (el sueño del “bienestar” fue abandonado hace rato) y cansados de una élite política y económica que ha ignorado sistemáticamente sus necesidades, la desilusión con la democracia formal se ha vuelto palpable. Para colmo de males, la elección de Barack Obama en 2008, en la que muchos depositaron sus esperanzas, se ha convertido en una tremenda decepción. El “presidente del cambio” no sólo no lo ha efectuado, sino que, en opinión de la mayoría, ni siquiera ha estado dispuesto a pelear en su nombre.

En lugar de aceptar en silencio lo que se consideraría una situación injusta en cualquier parte del globo, pero simplemente insólita e inaceptable en EE.UU., la plutocracia —como ha llegado a denominarse un sistema “democrático” en el que las elecciones son financiadas por las grandes corporaciones y el proceso legislativo controlado por ellas— ha librado una campaña vehemente en contra de la protesta. Mientras tanto, ésta ha ido congregando grupos más amplios de “indignados”, incluyendo estudiantes, sindicalistas, intelectuales, migrantes y hasta cineastas, y expandiéndose a más de 50 ciudades del país.

Desde hippies marihuaneros, vándalos y anti-americanos, hasta anarquistas, nazis, socialistas y totalitarios que odian al capitalismo e incitan la guerra de clases han sido llamados los manifestantes en el esfuerzo de la extrema derecha por ridiculizar y satanizarlos. Los demócratas progresistas no se han quedado atrás. En lugar de reivindicar la ira de sus electores, la mayoría se ha dejado intimidar por dichas etiquetas. Si hasta a Obama, quien luego de estallar la crisis financiera se ha doblegado ante Wall Street en casi todo, se le ha acusado de “socialismo radical”, es difícil que otros estén dispuestos a arriesgar su reducido capital político, sobre todo ad portas de las próximas elecciones.

Aunque queda por verse si Ocupar Wall Street —que ha esquivado una mayor definición programática y estructura organizativa— puede convertirse en un verdadero movimiento, no hay que subestimar su impacto. Si bien el Tea Party ha rechazado cualquier analogía entre su propio ethos y la consigna “nosotros somos el 99%”, la realidad es que los “indignados estadounidenses” ya tienen en #OWS otro canal de expresión. Con un objetivo único que goza de enorme popularidad —reducir el poder de las grandes corporaciones y aumentar los impuestos a los más ricos—, ¿será que el Tea Party tiene que hacerse a un lado?

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