Hambre, independencia y pandemia

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La historia de cada nación tiene delante de sí vestigios del pasado que, lejos de desaparecer, se actualizan y -hay que decirlo- nos asaltan diariamente. La pobreza y el hambre siempre han estado de la mano, no es lo mismo que la clase media y alta digan “tengo hambre” cada dos horas, que morir de hambre. Toda experiencia de dolor, incluida el hambre, está lejos de un grupo social que sabe que existe: en el mismo país, ciudad y barrio; está ahí, pero no los toca, es decir, no mueren de hambre.

El hambre no avergüenza sino al hambriento. Hay que subirse al transporte público de una ciudad como Bogotá para ver cómo los hambrientos suplican, con la mirada en el piso, algo que comer, “lo que lleven en el bolso, un pedazo de algo, no importa si ya está a medio comer”, todos miran al que dice que tiene hambre, que su familia no ha podido comer, que no le importa si es él o ella quien no come, pero que quiere alimentar a sus hijos. La gente busca un espacio entre la multitud del bus para ver al hambriento a la cara, porque no tener hambre frente al hambriento, eso sí, no es motivo de vergüenza.

El hambre no es “un mal”. Entre otras, el hambre es una de las barbaries históricas que se hacen presentes hoy en la Colombia pandémica del siglo XXI y que tiene antecedentes paradójicamente heroicos. Por eso, a propósito del 20 de julio de 1810, fecha en la que se rememora la Independencia política de Colombia en el siglo XIX, quiero recordar también una anécdota de las batallas de la Gran Colombia que acabó con la vida de miles de seres humanos a causa del hambre y, en cierto sentido, por causa de la patria.

Después del “grito de Independencia” vino un sinnúmero de enfrentamientos militares que tenían el propósito de consolidar los anhelos del ejército patriota o del realista. Morillo, el militar español también llamado “el pacificador”, emprendió su estrategia militar hacia Cartagena -donde los ánimos eran sobre todo republicanos-, alistó a sus hombres por río, mar y tierra, para cercar a la provincia e impedir que llegaran alimentos hasta allí con el fin de obligar a huir a quienes apoyaban a Bolívar. El 6 de diciembre de 1815, Morillo y su ejército ya habían invadido Cartagena, los triunfadores no solo se aseguraron de que un gran grupo de criollos salieran hacia Haití y Jamaica, sino que además, durante los cuatro meses de restricción militar, en Cartagena murieron cerca de 6.000 seres humanos por falta de alimentos.

Cuando se trata de poner a tono el sufrimiento de nuestras actuales circunstancias hay voces que aseguran que “en esta era todo ha cambiado”, o modestos quienes dicen que “por lo menos ahora no es igual que antes”. Así, resulta hiperbólica toda posibilidad de confrontar la continuidad y el vestigio, por ejemplo, de la barbarie del hambre. ¿Por qué, a pesar de casi dos siglos, una Independencia, y hoy, una pandemia, en Colombia hay seres humanos que siguen muriendo de hambre? Los análisis son extensos y, según dicen, las políticas y estrategias tanto nacionales como internacionales también lo son; sin embargo, esta como otras situaciones históricas no ha sido resuelta, más bien agudizada.

La pandemia por el COVID-19, otro acontecimiento histórico que asimismo será un vestigio para las generaciones futuras, también sugiere en tiempo real el asalto del hambre y una violenta decisión no equivalente sino comparable con aquel cercamiento de la provincia de Cartagena. Salir y ser asesinados por el ejército realista o quedarse y morir de hambre. Los habitantes de muchos lugares de Colombia, como los habitantes pasados, están obligados, ¿lo están?, a una decisión en cualquier caso mortal: salir de sus casas arriesgándose a morir por el contagio del virus o quedarse -allí en la ciudad y la localidad cerrada- y morir a causa del hambre.

Rememorar el dolor del hambre no es exclusivamente “empatía”, sino relación necesaria entre la historia independentista y la pandémica. ¿Qué tipo de estrategia es, en aquellos tiempos y en estos, la que obliga a seres humanos a morir saliendo o morir quedándose? ¿Por qué ya no solo es vergonzante “en sí mismo” el hambriento, sino que los no hambrientos, los que no sienten vergüenza de que otro igual padezca hambre, le reprochan su vergüenza? ¿Decir que los pobres se quejan por la falta de dinero porque no ahorran, no es, además de bárbaro, un error histórico? Hay, evidentemente, en Colombia quienes entienden el hambre como “un mal autopropiciado”, es decir, lo que se busca el pobre por ser pobre. Una escritora rumana retrataba el hambre con una escena del desencuentro entre el rico y el pobre: ustedes, los pobres, solo piensan en su estómago: por eso nunca tienen dinero. Y luego, en su casa, el rico se sienta delante de un plato de sopa y con las manos juntas dice: Gracias, Jesucristo Señor Nuestro, por todos tus dones.

Hoy, 20 de julio de 2020, propongo que la Independencia sea liberarnos del hambre, los que la sufren y los que no; mirar atrás y mirarnos hoy; sentir el hambre como un dolor; pensar que esta patria tal vez se emancipó de la monarquía española, pero está sujeta a otras -y las mismas- responsabilidades históricas; comprender que los hambrientos no se deben a la vergüenza, sino a la resistencia del hambre.

•Viloria-De-la Hoz, J. (2015). Santa Marta Real y Republicana: El accionar económico y político de la Provincia de Santa Marta en los albores de la independencia, 1810-130. Retrieved 18 July 2020, from https://www.banrep.gov.co/sites/default/files/publicaciones/archivos/chee_36.pdf

•Kristof, A., 2007. Claus Y Lucas. 1st ed. España: Libros del Asteroide, p.101.

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