Por: Juan Manuel Ospina

Hasta con la droga, se hace camino al andar

La política de Petro respecto a la drogadicción, innovadora y a la vez tremendamente realista, materializada en su programa de acción integral en el dramático Bronx, con su cotidianidad de desesperanza y tragedia humana y social , es un buen ejemplo de la milenaria sabiduría china: un viaje largo empieza con un primer pequeño paso.

El punto es darle al recorrido a emprender  la dirección correcta y hacerlo  con la voluntad de avanzar hasta llegar al objetivo planteado, sabiendo  que  el  camino “es culebrero”, lleno de obstáculos.

El primer paso se dio hace 14 años de la mano de Enrique Peñalosa y su gran compañera de luchas, Gilma Jiménez en ese mismo Bronx, cuando abrieron el primer hogar de paso para ofrecerles a los eufemísticamente denominados habitantes de calle,  personas sin familia ni hogar, sin presente ni futuro, la posibilidad de una comida y una ducha caliente. Hace un año, Petro decidió apretar el paso y poner el compromiso de la ciudad a la altura del problema, con una estrategia de intervención integral en el sector,  con rehabilitación del espacio público, aumento de los hogares de paso y los “centros de escucha” y  el primer CAMAD de la Secretaría de Salud para suministrarle a los drogadictos acompañamiento médico y psicológico y dosis medicinales de cánnabis para atenuar  el síndrome de abstinencia durante el período de su  desintoxicación de las drogas duras (bazuco…). Paralelamente   reconoce que junto  con el drama humano y en medio de la ruina  urbana conviven, escudados en ella, problemas de delincuencia que requieren  acción  policial fundamentada  más en  la inteligencia que en  la fuerza.

Javier Molina, era una persona valiosa como nadie,  conocedora  en carne propia de la tragedia humana de El Bronx. Siempre predicó que hay espacio para la esperanza,  vilmente asesinado precisamente por humano y por visionario. Sabía  que esa realidad  es compleja, “…que el habitante de calle no solo es un drogadicto, que su condición se debe a un problema de desigualdad y de pocas oportunidades…”. Es decir, se trata de un problema social y humano que conjuga los elementos personales de la drogadicción con factores de tipo social, ligados principalmente a las faltas de oportunidades materiales y de reconocimiento como personas de aquellos que muchos han  considerado “desechables”.

La drogadicción hace parte del universo de las adicciones – juego, sexo, comida…-  cuyas víctimas aumentan. Aura Lucía Mera en reciente columna, cita a Miguel Bettin, conocedor como pocos de la enfermedad de la adicción: “Actualmente a la Fundación CreSer ingresan principalmente adolescentes, algunos con apenas 12 años, ya adictos a un abanico de drogas… intoxicados por los gases del aire acondicionado, homicidas, endópatas…”. 

Bogotá  abre un camino que no puede recorrer sola, hace camino al andar. La Nación la debe apoyar y acompañar por su  importancia  para  definir  una carta de navegación en un campo  bien complejo, que  supera la visión simplista y unidimensional de “una guerra contra las drogas”. Requiere una acción  integral y multivariable, que no  puede reducirse a ser “un programa del alcalde” o peor, “otra locura de Petro”. La Alcaldía    ha sido  temerosa, pichicata o “estatista” y por ello incapaz  de convocar al conjunto de actores sociales para acometer la   tarea que es  de todos  – de familias y educadores, de empresarios y  curas, de funcionarios e instituciones públicas pero también de ciudadanos con sus organizaciones -.  Además no ha logrado que sea la  responsabilidad no de una entidad, sino del conjunto de la Administración; ha faltado  la siempre esquiva concertación, la acción pública articulada interinstitucionalmente,   en un escenario de mediano plazo; parece olvidarse que  esos cambios no se dan de la noche a la mañana.

En la base, una tarea educativa  con mucha  comprensión, con afecto y reconocimiento que ayude a acompañar a los jóvenes en su soledad, bombardeados por  mensajes, incitaciones y posibilidades virtuales, privados de cualquier  seguridad palpable.  Abrirles posibilidades de futuro donde sean reconocidos, donde se sientan haciendo parte del cuerpo social. El tema es de plata sin duda, pero ante todo y por encima de todo es de respeto, de afecto y cercanía, de solidaridad, en una palabra, de calor humano y este está más escaso que los recursos económicos; además, ni lo prestan ni lo venden. 

 

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