Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Hasta volvernos máquinas

Será un día como hoy cuando por fin decida declararme derrotado, y será de madrugada, más o menos a las cinco, para estar seguro de que mis vencedores estén dormidos. Repetiré la palabra derrotado, y recitaré unos versos de León Felipe, mirando a la calle, fumando tal vez: “Cuántas veces don Quijote, en esta misma llanura, y en horas de desaliento a ti te miro pasar, y cuántas veces te grito hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura”. Diré “derrotado”, y me perderé o me encontraré en lo que significa hoy estar derrotado, en lo que significaba antes, y en lo que entraña y ha entrañado el opuesto a la derrota.

Me perderé, sí, o me encontraré entre las definiciones del éxito, para concluir que si hay algo mentiroso, eso siempre fue el éxito, y que si hemos sufrido y llorado por algo, ha sido por el éxito, y no seamos tan hipócritas para creer y decir que fue por amor que lloramos y sufrimos, porque incluso al amor lo ubicamos en los círculos del éxito. Nacimos para triunfar, o eso nos dijeron, y como nunca nadie supo bien qué era triunfar, unos pocos, pocos vivos, se adueñaron de la palabra y la marcaron. Le pusieron sus iniciales y determinaron que la suma de triunfos era el éxito, y nos convencieron de que aquellos triunfos eran comprables, porque todo era comprable, por supuesto: ellos lo vendían.

Nos vendieron premios, cargos, sueldos, camionetas, casas, oro, diplomas, un cuarto de página en un periódico, treinta segundos en la televisión, y nosotros lo compramos todo, mes a mes y con intereses. Produjimos lo que ellos querían que produjéramos, con metas diarias, quincenales y mensuales, de acuerdo con complejos estudios que elaboraban complejas máquinas, para llegar al éxito y ser el empleado del año. Nos vendieron dioses para que fuéramos sumisos, solidarios, amorosos y obedientes, y la felicidad, que era tener, tener y tener cada vez más lo que se pudiera conseguir con unos billetes, incluidos el amor y la amistad.

Nos idiotizaron, porque el idiota siempre es más fácil de dominar, y nosotros nos dejamos idiotizar por desvivirnos para llegar al éxito que ellos decidieron. Cada vez fuimos más, y más idiotas, y cada vez fueron más las máquinas que decidieron lo que debíamos hacer, hasta volvernos máquinas: máquinas amor, máquinas meta, máquinas dinero, máquinas diplomas, máquinas éxito que saldrán a la calle a las seis en punto, un día como hoy.

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