Por: Diana Castro Benetti

Hastío renovador

Hay gritos que son declaraciones magníficas de independencia. Hay otros gritosque son simples quejas de esto y de lo otro y hay gritos que son tan inútiles como el revuelo que levantan a su alrededor.

Hacer reclamos es un arte y saber gritar lo es aún más. Hay que modelar el cuándo, el cómo, el porqué y, a veces, el contra quién. Para gritar, por ejemplo un contundente “basta” se requiere no sólo de hastío de historias propias sino de siglos de valentía cocinada en las entrañas. El no como límite es certeza interna gestada en las tripas, es ser el grito sin tener que gritar y es hacer del respeto la fuerza que no olvida el cariño hacia otro.

Rabias y rabiecitas, indignaciones y furores, cóleras e indelicadezas, todas son parte de un camino que busca, que abre y que crea. Unas y otras, son necesarias enseñanzas de un ajuste interno y de toda acción ética y comprometida. Pequeñas cápsulas de sabiduría en las que se despliega un hacer con atención y que son como mínimas acciones mágicas que limpian lo putrefacto. Un buen grito despiertapero jamás incrusta el maltrato en la eternidad. Es el acto de una conciencia que avanza en serenidad pero con indignación ante el menosprecio.

Y aunque los gritos sean vecinos de los reclamos y de las denuncias, casi siempre son más que eso. Liberan, muestran brechas, son la luz de una indignación aguda y soterrada que sube por la mitad del estómago para salir en estruendo por boca, nariz y ojos. Un grito duele aunque suceda en sueños, en otros siglos, en otros distritos o en la distancia de un futuro esperado. Todo grito retumba en el cuerpo porque recorre el dolor propio y ajeno de principio a fin, lo vive y lo lleva a la cúspide.

Pero hay un sólo grito que no es igual a otros. Es el grito que ilumina y que es gozoso porque su estruendo no puede evitarse. Único en su especie, es un grito de poder que abre, despierta, renueva, recarga, sacude. Es iniciático porque destruye cadenas y libera. Tiene su ciencia, su tecnología, su montaña y su color.

No se busca, no se evita, conspira en silencio y acontece. Es un grito fantástico. Declara, crea y revienta lo conocido en pedazos para insinuar que indignarse no es suficiente porque gritar vale la pena como rito sagrado que ratifica la esencia. Y al final, cuando por fin deja de existir, este mismo grito es un bálsamo de gozo para todo amor venidero. Es el aroma de un naranjo en flor.

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