Por: Mario Méndez

Hastío y esperanza

Cada nueva noticia sobre corrupción, cada agresión contra niños y mujeres, cada asesinato de un líder social, cada amenaza demoníaca a la paz si la justicia cumple con sus deberes, producen un acumulado que da náuseas. Desde cuando era niño, recibo sin pausa un lapo de lo peor de la conducta humana. Uno se pregunta hasta dónde el país puede soportar tanta basura, así como se pregunta cómo los propios antisociales de caché no sienten repugnancia de su proceder.

Apenas pasados los 11 años de mi vida, recibí el fogonazo del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, dando comienzo al desarrollo de mi conciencia social, en una experiencia que ha debido ser menos dura. En su ingenuidad, ese niño no podía entender por qué alguien se atribuye el derecho de quitarle la vida a otro. El niño se hizo joven y el joven se hizo adulto y el adulto se hizo viejo, y todavía se pregunta cómo vamos convirtiéndonos en un tejido social sobre el cual se descarga tanta bazofia contra la vida.

¿Qué hay detrás de esas acciones? ¿Por qué eliminar a los jóvenes y los campesinos y los indígenas que dedican su vida al servicio de la comunidad e incluso de la sociedad entera? ¿No hay aquí, en estas acciones, un diagnóstico brutal sobre lo que somos? Y en este punto, nuevamente, hemos de reflexionar acerca de lo que esconde la medición sobre la felicidad del colombiano. Si un pueblo registra en sus opiniones que es feliz y lo hace en una proporción tan contundente como la que se conoció en su momento, algo funciona mal en la sensibilidad y en la salud mental de la gente. No sería exagerada entonces la certidumbre de que somos una sociedad enferma. ¿Qué se hace estatalmente al respecto?

Frente a este espantoso panorama, aparecen mujeres y hombres colombianos que ganan paulatinamente reconocimiento universal. Científicos y músicos se destacan en el mundo, emprendedores e innovadores tienen reconocimiento hasta en la NASA, y en el deporte —¡ni se diga!— alcanzamos niveles sorprendentes. Ya no somos apenas los ciclistas escaladores y los peloteros de gran nivel y los boxeadores que ya llevan años destacándose. Desde hace rato los atletas colombianos logran medallas en escenarios de notable exigencia y en prácticas antes ajenas. Pasamos de una solitaria medalla olímpica de plata en 1972 a muchas de oro, con compatriotas disciplinados que nos arrancan lágrimas con sus triunfos. Después de un igualmente solitario futbolista en en el exterior (el primero en 1930), y luego de vez en cuando, en los 80 comenzó lo que llega hoy a las máximas alturas del balompié mundial, hasta recibir trofeos antes vedados para nosotros, como el reciente de tenis en Wimbledon.

Prácticamente ya no hay espacios en los cuales Colombia no aparezca con honores. Si desconociéramos las complejidades de la cultura, diríamos que simplemente hay que traer ese espíritu de lo que nos enorgullece y depositarlo en el mundo de las condiciones cotidianas. Pero la cultura no cambia mágicamente, por arte de birlibirloque, aunque mucho significan las virtudes de los personajes que nos dan esperanza. En este sentido, miramos con mucha fe el trabajo artístico que se realiza con las comunidades marginadas del país.

Tris más. ¿Quién será el bodrio que nos pongan como próximo fiscal general de la Nación?

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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2019-09-06T00:00:32-05:00

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