Por: Jorge Gómez Pinilla

Hay cuatro clases de miserables

Lo que hizo el presidente Nicolás Maduro al ordenar la expulsión de centenares de colombianos humildes, en las condiciones de atropello inmisericorde que lo hizo, es cosa de gente miserable.

Semejante deportación masiva viola de manera flagrante el Derecho Internacional Humanitario, pero ante todo es una humillación adrede, no solo para los deportados sino para Colombia entera. Su propósito fue provocar una reacción similar del país “hermano” (por ejemplo, la ruptura de relaciones), de modo que fuera posible convocar la voluntad nacional de los venezolanos en torno a un enemigo común y así distraer la atención sobre las graves dificultades que afronta la economía de ese país tras la caída en picada del precio del petróleo.

También es cosa de miserables lo que hizo el expresidente Álvaro Uribe al viajar raudo a la frontera a alborotar el avispero, megáfono en mano, como hiena que acude a saciar su hambre al olor de la carroña. El propósito que perseguía es puramente político, y lo consiguió colinchado en la torpeza política de Maduro, quien se ha dedicado a magnificarlo con su paranoide obsesión de señalarlo culpable de todo lo malo que pasa en Venezuela. Anida miseria en su alma el que se aprovecha del dolor ajeno para repartir mercados que espera traducir en votos hacia su causa, en medio de una coyuntura que pinta desfavorable para sus candidatos a gobernaciones y alcaldías. Es el mismo talante miserable del que publica fotos de policías muertos en su cuenta de Twitter para hundir el dedo en la llaga del dolor patrio, con la mira puesta en perjudicar la imagen del presidente Santos en su búsqueda de la reconciliación entre los colombianos.

Imaginemos no más si a todos los partidos les hubiera dado por hacer lo mismo que Uribe, y hubieran montado tarima en Cúcuta o alrededores para arengar a la población, o para repartir mercados, o para lo que fuera. Lástima que no lo hicieron, pues habría bastado con que otro dirigente político hubiera acudido a la misma fórmula para hacer evidente la manipulación. Pero al haber sido solo Uribe el que aprovechó el “papayazo” que le dio Maduro, quedó la impresión de que fue el único que se compadeció de la desgracia de sus compatriotas. Porque genio de la propaganda, eso sí es. Solo que dañino, maligno, perverso, sinuoso, cínico y avieso. Miserable, en últimas.

Hay una tercera clase de miserables, y es la de los medios de comunicación que se regodean en el drama humano de las deportaciones, con un objetivo también político: despertar odio hacia el régimen de Maduro. No se trata de defender lo indefendible, pero desde la semana pasada no se detiene la saña –por no decir sevicia- de los noticieros de RCN y Caracol mostrando imágenes del sufrimiento y la tragedia humana provocada por el déspota tropical. En el caso del suscrito, llegó un momento en que tocó apagar el televisor al mediodía para poder almorzar sin náuseas. Querían cebarnos con el tema.

Una cosa es informar, otra cosa es vender miseria, revolcar aquí también el dedo en la llaga, editorializar con un manejo sesgado de la noticia, casi con la intención de provocar el llanto. Como dijera Gladys Peñuela-Kudo en Las 2 Orillas, “qué manera tan maniquea, superficial e irresponsable de azuzar a la opinión pública ante un hecho que debería tener un manejo más serio y eficiente”.

En medio de semejante caos informativo, político, social, económico y cultural entre las dos naciones (qué tal Maduro y su esposa bailando con propósito ofensivo La pollera colorá…) hay una cuarta clase de miserables. Es la de los miserables buenos, representados en lo literario por el Jean Valjean de Víctor Hugo, y hace referencia a aquellos seres indefensos que se vieron lanzados a una vida de miseria por cuenta de una decisión política ajena a sus voluntades. Esos son los miserables que despiertan nuestra compasión y solidaridad cada vez que son utilizados con calculada frialdad por los miserables sin alma ya descritos.

DE REMATE: Al cierre de esta columna se reporta la aparición de una valla de Pacho Santos donde, con un oportunismo ramplón –línea uribista 100 por ciento-, dice que “Con su voto este 25 de octubre le vamos a tapar la boca a Maduro”. Aquí ya estamos es frente a un badulaque que cree que su candidatura es a la Presidencia de la República, pues solo en condición de presidente podría pensar en taparle la boca a Maduro. El lado tragicómico de tan “brillante” iniciativa reside en que, si no sale elegido alcalde, significará que los electores le taparon la boca con su indiferencia. Es más, si a otro candidato le diera por ponerse igual de oportunista, de pronto hasta se le ocurriría en respuesta una valla que dijera así: “Tapémosle la boca a Pacho Santos. Vote por…”

@Jorgomezpinilla

http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/

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Hay cuatro clases de miserables

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