Por: María Antonieta Solórzano

Hay esperanza

Desde niños soñamos vivir en un mundo donde la protección y la solidaridad sean un valor y una realidad.

Al oír las historias acerca de los mosqueteros cuyo legendario lema “Todos para uno y uno para todos”   identificaba  su compromiso de mutua ayuda o, los relatos acerca de acciones de  la Cruz Roja cuyas brigadas trataban de salvar vidas   sin distingos de raza, religión o partido político,   anhelamos que nuestra familia, comunidad o   nación     viva  bajo esos  códigos de honor    en los que la traición es impensable. 

Sin embargo,  la  realidad  nos demuestra que  empeños   de esta naturaleza  solo pueden ocurrir en los  seres más generosos y leales, en las almas que no conocen ni el miedo, ni el egoísmo y, que muy a nuestro pesar  en una sociedad como la nuestra es difícil que las personas vivan  con absoluta  entrega y sin temor.

La ambición de poder y la necesidad de acumular  han hecho que el ser humano se  convierta en el peor  enemigo para sí mismo.  Desde la esclavitud,  hasta los campos de concentración pasando por el secuestro en las selvas colombianas, hemos visto pasar delante de nosotros  múltiples maneras de quitar el derecho a la vida y a la dignidad. Pero  lo más aterrador es que  los perpetradores de estos crímenes  acusen de traición  a los sometidos que se liberan y a quienes los ayudan,  que se sientan autorizados a cuestionar   los métodos utilizados para la recuperación de la dignidad. ¡Se creen legítimamente dueños de los esclavizados o secuestrados!

Curiosa y aberrante manera de pensar la de los esclavistas y los secuestradores.   Sin embargo, la historia también nos cuenta que tarde o temprano todo tirano cae en las manos de aquellos a quienes sometió. Los héroes que  derrocan abusadores son recordados por siempre y si tienen  la tentación de erigirse en nuevos dictadores también conocerán el dolor de la “traición”.  

Además, parecen pretender   que   la sociedad ignore que cuando un miembro de una familia está secuestrado no solo el dolor invade a la familia, el miedo se apodera de su cotidianidad y también la secuestra; que cuando hay una familia secuestrada  el temor y la parálisis se apoderan de  la sociedad y también esta se secuestra. Y que cuando una sociedad esta secuestrada  el sufrimiento y la invalidez crean una suerte de complicidad sumisa con   los  captores que impide el acto de rebelión para decir:   No más.

Es maravilloso formar parte de un grupo humano que  se despierta para protestar contra la ignominia, para romper la parálisis que el miedo impone. Nos permite sentirnos como los legendarios mosqueteros o como si fuéramos  miembros de una brigada de la Cruz Roja. Ser capaces de recuperar para la sociedad en que vivimos el derecho a ser soberanos sobre nuestra existencia y destino nos  devuelve  la conciencia del  libre albedrío y de la solidaridad. 

Hace tiempo un niño de apenas  ocho años que padecía horrorosas pesadillas me decía: ni siquiera en mi propia casa estamos seguros, porque hay gente que pone bombas y además  entra a las casas y se roba a la mamás, a los papás o a los niños y después no se sabe  nada de ellos y  todos se quedan callados.  

Hoy me gustaría poder decirle: Ya no estamos callados y algunos ya regresaron.  Todos saldremos a caminar para decir que el miedo ya no nos paraliza.   Hay esperanza de que puedas dormir tranquilo.

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