Hay estigmas que duelen y ofenden

Dice un viejo adagio que existen cuatro cosas en la vida que no se recuperan jamás: “Una piedra después de haber sido lanzada; una palabra, después de haber sido proferida; una oportunidad, después de haberse perdido, y el tiempo, después de haber pasado”.

Lamentablemente en nuestro ejercicio cotidiano no pocas veces violamos este precepto, pero, peor aún, ni siquiera calculamos el daño que hacemos al incurrir en esta falta. De ello hay muchas evidencias, pero ninguna tan cercana como la reiterada y casi enfermiza estigmatización que por décadas y en forma nefasta, injusta y morbosa ha designado a muchas de nuestras ciudades como el irónico apellido de algunos grupos o asociaciones delictivas.

Ayer fueron los carteles de Medellín y Cali, y más recientemente el cartel del Norte del Valle o las oficinas de Calatrava (en Itagüí) o de Envigado.

Qué curiosa —o más bien torpe— legitimación de la violencia que aprovecha contextos geográficos para referenciar grupos al margen de la ley, desconociendo el sentir de ciudadanos honestos; la memoria positiva de las diferentes culturas y el orgullo que se asienta en los recuerdos, las vivencias y la cotidianidad de miles de ciudadanos honestos que no tienen por qué cargar con esta herencia ni mucho menos reconocerse como un explícito y degradante punto de identidad dentro del mapa de la guerra narcoterrorista.

Basta ya con esas vainas como la Oficina de Envigado, que ni es oficina ni es exclusiva de Envigado (sea la oportunidad de reconocerle a El Colombiano que es el único medio que legítimamente ha retirado el nombre de la ciudad de este apelativo).

A quienes se les llena la boca maltratando la imagen de la Ciudad Señorial con esta sarcástica y mediática denominación, los invito a que recorran el historial de los grupos delictivos que se enmarcan con ella y encontrarán que sus supuestos miembros, sus delitos, su territorialidad y su presencia es tan amplia como nuestro país y más allá de sus fronteras.

Ojalá que con la misma arrogancia con la que los medios de comunicación y algunos líderes hablan de la mal llamada “Oficina de Envigado”, se acordaran algún día de que este es un rincón de país muy distinto, en el que se asentarán por siempre, y eso sí con válido y genuino reconocimiento, la “Oficina” de Fernando González en los rincones filosóficos de Otraparte; el “Cartel” de Débora Arango y sus rebeldes musas pictóricas; la orgullosa “guarida” de don Manuel Uribe Angel, Padre de la Historia Antioqueña; la prolífica “caleta” de saberes y triunfos del prócer José Félix de Restrepo, el envigadeño que logró que el Congreso aprobara la Ley de Libertad para los Esclavos en Colombia, y la “trinchera” inexpugnable de ese ciudadano ejemplar que fue el general Marceliano Vélez.

 José Alejandro Tamayo Maya. Envigado.

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