Por: Christopher Hitchens

Hay que decir la verdad sobre el genocidio

INCLUSO ANTES DE QUE EL PRESIdente Barack Obama emprendiese vuelo hacia Turquía, la semana anterior, las voces habituales lo apremiaron a que diluyera la posición que hasta ahora había asumido sobre el genocidio armenio.

Abril es el mes en el cual la diáspora armenia conmemora el sangriento inicio, en 1915, de la campaña del Imperio Otomano para eliminar a su población armenia. La matanza es recordada de dos maneras. Una es El Día de Conmemoración Armenio, el 24 de abril. El otro es el intento anual de persuadir al Congreso de Washington de que designe el episodio de manera oficial por su nombre correcto, la palabra que he usado más arriba.

La palabra “genocidio” no había sido acuñada en 1915, pero el embajador de Estados Unidos en Constantinopla, Henry Morgenthau, empleó un término que en cierto sentido era más gráfico. En sus urgentes informes al Departamento de Estado, transmitiendo despachos de sus cónsules desde el lugar de los acontecimientos, especialmente aquellos emplazados en las provincias de Van y Harput, Morgenthau describió la sistemática matanza de armenios como “asesinatos de índole racial”.

Existe un vasto archivo de evidencias para avalar esa afirmación. Pero cada año, los negadores y los patrocinantes de eufemismos se ponen nuevamente a trabajar, y usualmente hay suficientes votos militares-industriales para inclinar la balanza a favor del cliente turco. (En los últimos tiempos, la oportunista alianza militar de Turquía con Israel también ha sido buena para conseguir algunos escasos votos de judíos avergonzados).

Obama arriba a este tópico con un récord desusadamente claro, carente de ambigüedades. En 2006, por ejemplo, el embajador de Estados Unidos en Armenia, John Evans, fue retirado por emplear la palabra genocidio. El entonces senador Obama escribió una carta de protesta a la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, deplorando la cobardía del Departamento de Estado y sosteniendo rotundamente que “el hecho del genocidio armenio en 1915 no es un ‘alegato’, una ‘opinión personal’ o un ‘punto de vista’ ”, sino más bien un “hecho ampliamente documentado” apoyado “por una abrumadora cantidad de evidencia histórica”. Durante su campaña del año pasado para obtener la nominación presidencial, Obama amplificó su posición, diciendo que “Estados Unidos se merece un líder que diga la verdad sobre el genocidio armenio y responda con fuerza frente a todos los genocidios. Yo intento ser ese presidente”.

Si alguien alberga dudas sobre este asunto, le recomiendo dos libros recientes de interés y erudición excepcionales. Ambos agregan profundidad y textura a este drama. El primero es Armenian Golgotha: A memoir of the armenian genocide, por Grigoris Balakian, y el segundo es Rebel land: Travels among Turkey’s forgotten peoples, una crónica contemporánea escrita por Christopher de Bellaigue.

Además, existe la demoledora evidencia de los archivos del estado turco, que corrobora el genocidio. El político otomano que inició la campaña de deportación y exterminio, Talat Pasha, dejó una enorme documentación. Su familia le entregó los documentos al autor turco Murat Bardakci, quien ha publicado un libro con el seco título de The remaining documents of Talat Pasha (Los documentos restantes de Talat Pasha). Uno de estos “restantes documentos” es un conciso estimado de que solamente entre los años 1915 y 1916, un total de 972.000 armenios simplemente desaparecieron de los registros de población oficiales. (El lector puede ver el informe de Sabrina Tavernise en The New York Times del 8 de marzo de 2009).

Están quienes dicen que la catástrofe armenia fue un lamentable derivado de la confusión de la guerra y del colapso imperial. Esto podría ser parcialmente cierto en relación con los muchos más armenios que fueron asesinados al final de la guerra y después de la implosión del Imperio Otomano. Pero este que comentamos es un archivo mantenido por el gobierno de la época y por su principal político antiarmenio, en el cual se registra, en los primeros días de la Primera Guerra Mundial, una declinación de la población de 1’256.000 a 284.157 personas.

Es muy raro que un régimen político, en su correspondencia privada, confirme casi con exactitud lo que denuncian sus víctimas.

Entonces, ¿qué dicen ahora los negadores? La rutina usual ha sido insinuar que si el Congreso decide afirmar la verdad histórica, entonces Turquía afectará a la Organización del Tratado del Atlántico Norte trayendo problemas en la frontera iraquí, negando el uso de las bases a la Fuerza Aérea de Estados Unidos o con otros métodos no especificados.

El mismo tipo de arrogancia desenfrenada pudo observarse en la cumbre de la OTAN la semana pasada, en la cual el gobierno de Ankara tuvo la osadía de intentar interrumpir el nombramiento de un serio político danés, Anders Rasmussen, como el próximo secretario general de la alianza. Para eso argumentó que el primer ministro de Dinamarca se había negado a censurar los periódicos daneses que publicaron caricaturas del profeta Mahoma. Ahora se está insinuando que si el presidente Obama o el Congreso siguen adelante con el apoyo a la resolución sobre el genocidio, Turquía no cooperará en una serie de asuntos, incluyendo el de la normalización de la frontera entre Turquía y Armenia y el tránsito de los oleoductos de petróleo y gas a través del Cáucaso.

Cuando el asunto es fraseado de esta manera matonesca, podría sugerirse, de manera astuta, que los mejores intereses de Armenia son servidos al unirse en un tratado para enlodar y distorsionar su propia historia. Sin embargo, ¿cómo puede algún estado, o algún pueblo, estar de acuerdo con abolir su orgullo y dignidad de esta manera? Y la pregunta no es solamente para los armenios, que están duramente presionados a nivel económico por el cierre turco de la frontera común. Es para los turcos, cuyos bravos voceros culturales y escritores toman riesgos genuinos para romper el tabú de la discusión sobre el asunto armenio.

Y es también para los norteamericanos, quienes, tras elegir a un supuestamente valiente nuevo presidente, les están diciendo que él —y también nuestro Congreso— deben participar en una gigantesca mentira histórica. Una mentira que, además, la valiente diplomacia de Estados Unidos ayudó en primer lugar a poner al descubierto. Esta falsificación ya ha funcionado lo suficiente y ha sido justificada por razones de estado. Es, entre otras cosas, precisamente “por razones de estado” —en otras palabras, por el claro y vital anuncio de que no podemos ser comprados o intimidados— que el 24 de abril de 2009 debe llegar a ser recordado como la fecha cuando afirmamos la verdad y aceptamos todas las consecuencias.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual.

(Traducción de Mario Szichman).

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