Por: Santiago Montenegro

Hay que defender la democracia

EN 1989, EL FILÓSOFO NORTEAMERIcano Francis Fukuyama escribió uno de los ensayos más influyentes en décadas, argumentando que, al caer el Muro de Berlín, la humanidad alcanzó el final de su evolución sociocultural y logró su forma definitiva de gobierno con la universalización de la democracia liberal occidental: era el fin de la historia.

En sociedades y países que estaban lejos de reducir problemas fundamentales de pobreza, desigualdad o seguridad social, como nosotros, este debate difícilmente salió de unas cuantas universidades y de unas pocas columnas de opinión. Más bien, se ha argumentado algo igualmente erróneo: no el fin de la historia, sino su comienzo, y la pregunta ha sido: ¿cuándo comenzó la historia?, o su variante: ¿cuándo comenzó la democracia?

Y la respuesta a estas preguntas ha dependido, entre otras cosas, de si el interlocutor ha estado o no ha estado en el poder. La extrema izquierda y la guerrilla siempre han dicho que no ha habido democracia —la historia no ha comenzado— y que lo que hay no es más que el formalismo de la llamada democracia burguesa. Según ellos, la verdadera democracia sólo llegará cuando las Farc nos liberen de la miseria, la oligarquía y el imperialismo. En el otro lado de la ecuación, los viejos conservadores han dicho que la historia comenzó con la Constitución de 1886, que liberó a Colombia de la anarquía y el caos de los gobiernos liberales radicales. Para los viejos liberales, por su parte, la moderna historia de Colombia sólo comenzó cuando cayó el régimen conservador en 1930, terminando 45 años de oscurantismo, represión e injerencia de la Iglesia en el Estado. Hasta una persona ponderada y equilibrada en sus juicios, como Alberto Lleras, dijo que sólo los gobiernos liberales de los años treinta acabaron con “el penumbroso recinto donde la Colonia exhalaba sus letales aromas”. Más recientemente, un amplio grupo de analistas, palabra más, palabra menos, ha planteado que la democracia sólo empezó con la Constitución de 1991, cuando se introdujo el Estado Social de Derecho, la tutela o los nuevos mecanismos de participación ciudadana.

Ante todos estos argumentos hay que decir que la democracia no es algo binario, que es o no es, que es blanco o es negro, que ha existido o existirá a partir de una fecha. Más bien, la democracia es un conjunto de instituciones que se construyen poco a poco en un tortuoso camino de ensayo y error. Siempre habrá elementos por mejorar, por enmendar. Siempre estaremos insatisfechos con sus prácticas, con su aplicación concreta. Siempre se colarán tramposos, corruptos, clientelistas, como en las pasadas elecciones. Pero, ante esos hechos, la solución no es deslegitimarla o desconocerla. Lo que hay que hacer es aprender de sus errores, para no repetirlos. Y, si no se puede una vez, perseverar hasta corregirlos. Pero la situación es aún más delicada. Porque en tanto la democracia se va construyendo poco a poco y no es algo que queda perfecto en algún momento, sí puede desaparecer en un momento. Por eso, todos debemos estar alertas para defenderla. El mejor consejo que podemos darles a los vencedores de las elecciones pasadas y de las que vienen es que administren bien sus victorias, sintiéndose herederos del trabajo y los esfuerzos de quienes los antecedieron. Que la democracia no comienza —ni termina— con ellos o con ellas. En otras palabras, que sean buenos ganadores. Y a quienes fueron derrotados o se sienten perdedores, tenemos que decirles que no la deslegitimen, que habrá otras oportunidades. Y que sean buenos perdedores.

 

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