Por: Santiago Montenegro

Hay que fortalecer al DNP

Junto con Brasil, Colombia fue uno de los pocos países que resistieron al fundamentalismo de mercado que predicó, entre otras cosas, la eliminación de los ministerios y departamentos de planeación de los gobiernos de América Latina.

Para el fundamentalismo, la racionalidad económica, entendida como una supuesta tendencia natural de los humanos a la promoción del autointerés, y de nada más, llevaría automáticamente al desarrollo. El Estado, entendido como un mal necesario, debería ser reducido al mínimo porque el mercado resolvería todos los problemas. En ese orden de ideas, los ministerios de hacienda debían convertirse en los guardianes del nuevo orden, limitándose a hacer lo que sea necesario para mantener las cuentas fiscales en equilibrio y, en particular, para pagar la deuda externa. Los ministerios o departamentos de planeación, con sus planes de desarrollo y evaluación del gasto, eran vistos, no sólo innecesarios, sino como vestigios de un estalinismo trasnochado. Así, el FMI y las calificadoras de riesgo se convirtieron durante muchos años, no sólo en faros intelectuales, sino muchas veces en verdaderos capataces de los gobiernos y de los ministros de hacienda. Sin duda, la hiperinflación y los desórdenes fiscales de los setenta y ochenta en muchos países facilitaron este cambio de paradigma que pareció recibir también una gran legitimización con la caída del muro de Berlín. Pero, pese a su tono y volumen, la nueva retórica fundamentalista jamás pudo esconder y desconocer que la participación del Estado era no sólo útil sino necesaria, pues hay bienes públicos que es necesario proveer, existen imperfecciones en los mercados, hay economías de escala y externalidades, además de pobreza y desigualdad extremas. Pero el daño se hizo y se reflejó, entre otras cosas, en un menor nivel y baja calidad de la inversión pública, que siempre ha sido la variable más fácil de recortar para cuadrar las cifras fiscales y para pagar la deuda externa. Pero, además del fundamentalismo, otra fuente de ataque ha provenido del clientelismo y de la politiquería, los cuales siempre han visto a los organismos técnicos de planeación y de evaluación del gasto como obstáculos a eliminar, o a transformar en entidades en donde sus funcionarios se asignen con cuotas partidistas, tal como sucede en muchos ministerios y departamentos administrativos.

Con muchos esfuerzos, en Colombia hemos logrado que el DNP no desaparezca, que en promedio mantenga un buen nivel de funcionarios y que, hasta hace poco, elabore el presupuesto de inversión y defienda su nivel y composición frente al Ministerio de Hacienda, redacte el plan de desarrollo y coordine la elaboración de los llamados Conpes, un ejercicio institucional para mostrar al mundo lo que en la moderna teoría de la democracia se llama gobierno por discusión. Así, el DNP ha sido clave para defender una economía mixta, con planeación indicativa y fuertes empresas públicas, algunas de las cuales se han convertido en verdaderas multinacionales. Pero se ha debilitado con la incapacidad general de los gobiernos para elevar la inversión pública, consecuencia de unos ingresos muy bajos que se sitúan un 6% del PIB por debajo del promedio de América Latina. También lo ha debilitado la multitud de asesores en Presidencia, quienes duplican innecesariamente a los directores técnicos del DNP y de los ministerios. Y no cabe duda que, junto con el Ministerio de Hacienda, el DNP podría realizar una mejor tarea para combatir el clientelismo y la politiquería.

 

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