Por: Santiago Villa

Hay que leer a Li Jingze

Uno de los escritores chinos que más podría hablarle al lector occidental tiene, irónicamente, tan solo 1.000 ejemplares impresos en lengua española de uno de sus libros, y ninguno en lengua inglesa o portuguesa, que yo sepa. Solo conozco ediciones en francés.

“Oriente, aunque sea el oriente de Occidente, sigue siendo tercer mundo, y nosotros, que somos más esnobistas que la Academia Sueca, leímos a Milan Kundera y a Gabriel García Márquez sólo porque nos vimos reflejados en ellos, que no son ni negros, ni mujeres ni musulmanes, y así triunfalmente entramos al santuario del primer mundo por vía del tercero”, dice el cuentista Li Jingze en su relato “El diablo en el convento”, sobre los obstáculos culturales que la traducción de Memorial del convento, de José Saramago, debió superar para ser leída e interpretada desde la orilla china.

También hay obstáculos, y muchos, a la inversa. ¿Cómo nos acercamos los lectores occidentales, o esta semioccidentalidad que es América Latina, a la literatura asiática y en particular la china? ¿Desde un reconocimiento en la extrañeza? ¿Desde la solidaridad del subordinado histórico? ¿Desde el esnobismo?

El lector en español tiene aún poco contacto con la literatura china. Las referencias históricas y geográficas son oscuras y los conflictos de los personajes siguen cubiertos por un barniz de exotismo. Me cuesta trabajo imaginar cómo es leer La montaña del alma, de Gao Xingjian, una de las novelas chinas que más se venden en traducción, sin haber estado en la China rural. ¿Qué sentido tiene para el lector occidental esa necesidad política de echar río arriba, por el Yangtze, haciendo una etnografía de las minorías étnicas? Quizás lo veo así porque soy de los que creen que entender una literatura nacional, por usar algún término, es uno de los últimos pasos en el inagotable proceso de conectarse con una tradición cultural, y no uno de los primeros. ¿Esnobismo? Seguramente.

Los editores deben luchar, también, contra la impresión de que la literatura china es trágica y deprimente, o al menos aburrida e inaccesible. Tal vez porque, al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, vivía obsesionada por desentrañar los problemas de su propia identidad y orgullo nacionales, cuya columna vertebral terminó quebrada por los golpes sucesivos del imperialismo extranjero y el comunismo. Una literatura del trauma.

Li Jingze también se preocupa por la identidad china, pero en dialéctica con Occidente. El eje de su literatura es el choque entre culturas.

“Una comparación incisiva entre China y Europa arrojará que, para la Europa del siglo XVI, en China se respiraba un aroma de frescura sin igual. En otras palabras, mediante la observación de la lejana China, Europa vio con mayor claridad sus carencias políticas, económicas y sociales. Se vio reflejada a sí misma o, dicho de otra manera más precisa, bajo la imagen de China, Europa adquirió un importante punto de referencia”. Palabras menos: China fue un componente indisociable en el hecho de que Europa se viese a sí misma como “moderna”.

De las dos citas que he traído se entiende que los cuentos de Li Jingze tienen tanto de ensayo como de ficción. Son híbridos. “Leila, ¡oh, Leila!” es el relato simultáneo de las lecturas que Portugal y China hacían el uno del otro, a través de las crónicas de viajeros y funcionarios imperiales, y de dos amigos tratando de entenderse con una chica cubana, brasilera o portuguesa, al final no logran saberlo, en un bar de Beijing llamado La Habana.

Li nació en 1964 a un centenar de kilómetros de Beijing, en el puerto de Tianjin, una de las ciudades costeras que el imperio Qing debió entregar a los europeos y estadounidenses en concesión hasta la victoria de los comunistas, como parte de las reparaciones por la Segunda Guerra del Opio. Franceses, alemanes, americanos, japoneses e ingleses tenían sus barrios comerciales soberanos en Tianjin, ciudad de mezcla cultural y permanente recordatorio de que China había caído desde el ápice de la civilización mundial al nadir de la ocupación extranjera. Que había entrado a la modernidad por la puerta de los sirvientes. Los siete cuentos que componen Un pájaro y un pez y otros relatos están empapados de la conflictiva relación de poder entre China y Occidente, de aquella mutua fascinación y desprecio.

El traductor de esta gema oculta de la literatura es el colombiano Pablo Rodríguez Durán, que vive entre México y China, y que conservó los derechos de la traducción, luego de que LOM Ediciones, de Chile, publicara en 2018 tan sólo 1.000 ejemplares. Esto quiere decir que cualquier editorial podría contactarlo y reeditar este espléndido y raro libro. Háganlo antes de que otro se les adelante.

Twitter: @santiagovillach

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