Por: Marcela Lleras

Hechos, no milagros

YO NO CREO EN MILAGROS. SÍ creo en hechos concretos, en estudios, en análisis que, cuando se da el momento preciso, se mezclan con circunstancias favorables y entonces se logra rescatar, como hizo el Ejército colombiano, a Íngrid, los norteamericanos y los soldados y policías secuestrados.

Fue una estrategia de inteligencia militar bien programada, milimétricamente estudiada, mantenida en silencio y con ayuda de inteligencia de otros países. Fue un logro de los soldados colombianos, del Ministro de Defensa y obviamente del presidente Uribe. A pesar de ser una misión muy arriesgada, salió bien: sin balas, sin sangre, con quince personas rescatadas y con dos guerrilleros presos. Algunos de los detalles de esta misión los hemos sabido a través de las declaraciones del Ministro y de los altos mandos del Ejército, y también de los mismos liberados; otros, me imagino, se mantendrán como secretos de Estado.

Pero hay que tener cuidado con los rescates militares y más bien pensar en negociaciones para un acuerdo humanitario. Las Farc, a pesar de que estén en un proceso de desintegración y que la moral y credibilidad de sus huestes anden por el suelo (y que ya no tienen en sus manos el as de oros, es decir, que ya no pueden chantajear con Íngrid), no se van a dejar meter el dedo en la boca otra vez, tan fácilmente, y es probable que las circunstancias que se dieron en el momento del rescate no vuelvan a conjugarse de esa misma manera.

Qué bueno que estén de vuelta los quince secuestrados: Íngrid, los policías y soldados, los norteamericanos. Y siquiera volvieron a la libertad también Clara Rojas y sus acompañantes y los demás secuestrados –que fueron liberados por la guerrilla– y cualquier persona que haya sufrido un secuestro. Aunque esto produce alegría colectiva, también produce tristeza colectiva por los que se quedaron en esa selva inhóspita, torturados por sus captores. No será fácil para ellos curarse de las enfermedades físicas y de los vejámenes morales que han sufrido, y será muy difícil construir nuevamente sus vidas que quedaron en paréntesis forzoso, para algunos, durante diez años.

Ahora lo importante es que el Gobierno sepa equilibrar los hechos y no entre en triunfalismos. Hay muchos más problemas que se tienen que solucionar en Colombia, como por ejemplo la infiltración paramilitar. Hay que depurar el Congreso, que está untado de paramilitarismo y narcotráfico, y otras estancias que también lo están. Hay que castigar a los paramilitares por todas las atrocidades y masacres que han cometido. Hay que combatir la pobreza que, aunque las cifras del DANE la escondan, ahí está rampante en el campo y en las ciudades. Hay que devolverles la vida a los millones de desplazados que andan por toda Colombia, llevando a cuestas su tragedia. Hay que indemnizar con dignidad a las víctimas del conflicto armado. La lista es infinita.

Quiero recordar también que la institucionalidad no puede pender de un hilo, ni depender de una sola persona. No olvidemos que el estado de derecho es una de las piezas más importantes en este complejo rompecabezas que se llama Colombia.

 

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