Por: Hugo Chaparro Valderrama

Héctor Lavoe según J-Lo

Nueva York recuerda a sus fantasmas. A través de ellos, la ciudad se reconoce en sus historias.

Algunos pueden ser virtuosos o ejemplares. Pudieron compartir la geografía de Manhattan y de sus alrededores con aquellos que dejaron en el mundo un rastro condenado por la maldición y sus desgracias. El cine los revive, evocando un pasado en el que la adversidad asombra y desconcierta al público cuando conoce lo que hay detrás de un nombre. Vidas que tarde o temprano se aprovechan para realizar una película. Un negocio que se puede prolongar con libros, lanzamientos discográficos y fetiches para la memoria, permitiendo su comercio que la cadera latina se sienta como en casa cuando entra a la megatienda de Virgin en Union Square y escucha deslizándose en el aire la voz de Héctor Lavoe como el dios consentido de la temporada. Un cantante al que siempre agradecemos que nos haga de gelatina los huesos cuando abre la boca más allá de su muerte “y lo que sale es gasolina”, según el oído más que afinado de Johnny Pacheco. 

Una historia breve y ardua, que sirve de espejo para recordar otras biografías hechas cine, enfáticas en el peso de la maldición que respira cada imagen: Lady Sings the Blues (Furie, 1972); ‘Round Midnight (Tavernier, 1986), Bird (Eastwood, 1988). La diferencia de estas películas –cuando Diana Ross es Billie Holiday, Dexter Gordon revive a Bud Powell y Forest Whitaker a Charlie Parker–, con la versión de Lavoe en El cantante (Ichaso, 2007), está en la forma como un actor se pone al servicio del personaje y de su biografía, antes que aprovecharse del personaje para enaltecer su presencia escénica, como sucede con las marcas registradas que en el pop latino representan Marc Anthony como Lavoe y el tren de Jennifer López como Puchi, su mujer, arrastrando la energía de su locomotora el ritmo de esta aventura.

Nos preguntamos si El cantante es la biografía de Lavoe/Anthony o de Puchi/López. Podríamos responder que es la biografía de J-Lo haciendo de Puchi, acompañada por Anthony. La primera secuencia nos describe un Nueva York vertiginoso y sicodélico. Puchi tiene que ir por el rey de la impuntualidad, Lavoe, para sacarlo de una cueva tóxica y llevarlo al escenario de un concierto donde la salsa que tiene el cantante en las venas no le impida presentarse. El tono de la historia, pautado por la entrevista imaginaria que le concede a un grupo de filmación la viuda de Lavoe modelo J-Lo, alternándose el color con el blanco y negro en el que se filma la entrevista, contribuye a que la visión de Lavoe sea la de Puchi y a que su testimonio decida el rumbo de la trama –una forma de vencer al infortunio a través de la ficción cuando Jennifer López no alcanzó a entrevistarse con la viuda: al final de la película aparece una fotografía de Puchi y se afirma que murió en circunstancias misteriosas.

Los años 60 y 70, la llegada de Lavoe a Nueva York, la dirección de arte según el paso –y los pases– de los años, los aspectos visuales que aseguran la fidelidad a la época, aventajan con su elegancia formal al guión que insiste en destacar de diversas maneras la resaca permanente del cantante, haciendo de personajes como Willie Colón figuras embriagadas que se ven apenas al fondo y en lo hondo de la rumba.

No hay duda que se trata de un acto de amor por el cantante de los cantantes. Aunque también de una descripción sin sosiego por su fragilidad, enfrentado al rechazo de su padre, a la muerte de su hijo y, hacia el final de sus años, a la ruina física del sida. Aún así, la música permanece como un regalo de la suerte en su voz. Lo que asegura su presencia más allá de una película decidida por el primer plano de Jennifer López y Marc Anthony –mejor cantante que actor–; por su repertorio de accidentes y tragedias; por el desvío de Ichaso hacia la rutina narrativa cuando antes había realizado películas auténticas y originales como El súper (1979) y Azúcar amarga (1996), y por la visión de un artista al que su talento no le resultó suficiente para evitar el abismo.

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