Por: Gustavo Páez Escobar

Helena Araújo, la gran ausente

“¿Para qué público escribo? ¿Para qué público escribimos? Para el público que soporta nuestra rebeldía”. Helena Araújo.

No conocí a Helena Araújo en persona. La conocí por el excelente reportaje que le hicieron en Lausana (Suiza) Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago y que fue recogido en el libro Hombres de palabra (1989). La conocí a través de la correspondencia que iniciamos en 1990. A través de las cartas establecimos un diálogo que cumplió 25 años. Una muestra de esas cartas está recogida en la sección epistolar de mi página web.

Desde Suiza, me envió sus dos últimos libros: Las cuitas de Carlota (novela, 2007) y Esposa fugada (cuentos, 2009). Otros títulos de su obra son: La “M” de las moscas, Signos y mensajes, Fiesta en Teusaquillo, La Scherezada criolla y Ardores y furores. Además, es autora de numerosos ensayos de índole literaria y académica.

Nació en Bogotá el 20 de enero de 1934 y murió en Lausana, a la edad de 81 años, el pasado 2 de febrero. Hija del político liberal Alfonso Araújo Gaviria, ministro y diplomático en los gobiernos de Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos. Adelantó el bachillerato en Washington, en la Inmaculata High School, donde se graduó a los 15 años, y literatura y filosofía en la Universidad Maryland, materias que continuó a su regreso al país, en 1950, en la Universidad Nacional.

Se casó a los 19 años, sin convicción (como era la moda), con Pierre Albrecht de Martini y con él tuvo cuatro hijas. Se separó en 1971 y viajó con sus hijas a Lausana, donde las educó con sus propios medios. Su decisión de romper el matrimonio causó serio conflicto familiar, y a ella la liberó del ambiente patriarcal y las costumbres gazmoñas que no le permitían a la mujer expresar su propio pensamiento y mantener su feminidad.

En el reportaje de que atrás se habló, manifiesta la escritora: “El sexo, el cuerpo, la política, el tema social eran prohibidos para jóvenes madres de familia como yo. Yo quería escribir viviendo, vivir escribiendo, pero estaba metida en una sociedad asfixiante”.

En Suiza vivió 44 años, y nunca regresó a Colombia. En ese país cumplió notable labor como profesora de literatura latinoamericana, crítica literaria, conferencista y escritora. Se desplazaba por países europeos en plan cultural y como mensajera de la causa femenina. De hecho, sus cuentos y novelas son la refrendación del aire burgués donde nació, imposible de negar, y una denuncia contra la burguesía manifiesta en las posturas frívolas, falsas y prosaicas que no podía compartir. Su literatura es un acto de rebeldía y protesta.

Fiesta en Teusaquillo, primer libro suyo que leí para adentrarme en el conocimiento de la autora, explaya ese mundo aristocrático movido por el lustre social, la intriga, el chisme, la afectación y la mentira, tan propio de los grandes salones que ella respiró en la Bogotá apergaminada de su época. Esa misma atmósfera se repite, en distintos escenarios, en Las cuitas de Carlota y Esposa fugada.

En este intercambio de amistad, libros e ideas, le envié hace diez años la biografía de que soy autor sobre la poetisa Laura Victoria, y Helena me comenta: “Mujer valiente, ¡por Dios! Sufriendo cuarenta años antes que yo las angustias de la separación conyugal. Y autora de poemas sinceros y musicales –con Meira del Mar, una versión de lo femenino sensual que merece análisis semánticos–”.

En el caso de Laura Victoria estaba dibujada su propia historia conyugal. También la poetisa se había escapado a Méjico por conflictos con su marido, y se había llevado a sus tres hijos, a quienes educó con valiente esfuerzo. Allí permaneció hasta su muerte, durante 65 años. Tanto la una como la otra fueron pregoneras del feminismo y lucharon contra la opresión y los rigores sociales de sus épocas. Ambas tuvieron brillante desempeño en las letras. Las dos se adelantaron a su tiempo.

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