Por: Arlene B. Tickner

Hello Asia, again

Mientras que los movimientos tectónicos se miden en millones de años, la historia en siglos y la política en años (o cuatrienios), el tiempo para los medios de comunicación y para la opinión pública es cuestión de meses, días y horas.

Por ello la política exterior del gobierno Uribe se aplaudía igual de fuerte que la de Santos, a pesar de considerarse éstas diametralmente opuestas, y se celebra hoy la importancia del acercamiento a América Latina, sin recordar que desde los años sesenta la “buena vecindad” ha sido una constante y no la excepción en la diplomacia colombiana.

Algo similar ocurre con el Asia Pacífico. Pese a los pronósticos de una “nueva era” en las relaciones con Japón o la “conquista” de China, en realidad ese discurso ya es viejo. Desde finales de los ochenta, como parte de una política de apertura e internacionalización de la economía y de diversificación de las relaciones externas, Colombia comenzó a voltear su mirada hacia dicha región, abriendo embajadas y dando inicio a la tradición de las “giras presidenciales”. Así mismo, arrancó su participación en esquemas multilaterales de cooperación del Pacífico, aunque su ingreso al más cotizado —el Foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico (APEC)— no se produjo por cuanto el organismo congeló la membresía justo cuando en este país la “conciencia asiática” apenas se despertaba.

¿Hay alguna diferencia entre el optimismo que rodea giras por Asia, como la de Santos esta semana, y el que primó frente a las de todos sus antecesores? Sí y no. No hay duda de que el país no es el mismo que antes. En su visita a Japón el presidente afirmó, no sin razón, que “hoy podemos decirles que Colombia es un país amigable con la inversión, responsable y predecible en sus actuaciones”. Sin embargo, si el cambio se mide por el Índice de Competitividad Global 2011-2012 del Foro Económico Mundial, aunque Colombia ocupa el lugar 68 de un total de 142, sigue detrás de Barbados, Brasil, Chile, Costa Rica, México, Panamá, Perú y Uruguay. Entre los factores que pesan negativamente en su calificación, la seguridad, la mala distribución de recursos y la falta de inversión en infraestructura se destacan.

Por otra parte, si bien el comercio con Asia Pacífico ha aumentado sustancialmente durante los últimos 15 años, no ha favorecido del todo a Colombia. En el caso de Japón, el déficit comercial entre los dos países bajó de US$802 millones en 1995 a US$575,9 millones en 2010, siendo en promedio US$492,4 millones durante ese período. En cambio, en el de China ha presentado un ascenso vertiginoso, subiendo de US$58,7 millones en 1995 a US$3.061 millones en 2010.

Por más meritorio que sea el actual frenesí diplomático en Asia Pacífico (y en el resto del mundo), hasta que éste no se inserte en una estrategia integral para profundizar los lazos económicos, diplomáticos, políticos y culturales de Colombia con la región —que incorpore a múltiples sectores de la sociedad y disponga de mecanismos concretos para evaluar su efectividad (o no)— puede que suscite grandes elogios, por la “amnesia colectiva” que condiciona la lectura de la política exterior, pero es probable que no satisfaga los objetivos deseados. Con lo cual, al cabo de poco tiempo, y como un disco rallado, nuevamente resucitará el sueño asiático.

 

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