Por: Lisandro Duque Naranjo

Heriberto y Flor Marina

QUÉ BUENO NO ESCRIBIR NI UNA SOLA frase sobre la “sabaspolítica” que tuvo ocurrencia esta semana, ni todavía sobre la insólita alocución presidencial de la medianoche, horario mítico de los sustos, y recordar más bien a la pareja de colegas del cine que, junto a su hijo, perecieron el día del padre en el infortunado incendio de su apartamento en Queens, N.Y.

Me imagino el motivo por el que el sonidista Heriberto García y la maquilladora Flor Marina Sandoval, tan buenos en sus respectivos oficios, decidieron en los años noventa irse a la populosa urbe a ejercer trabajos distintos a los de su especialidad.

 Muy activos ambos en nuestro escaso cine durante casi 20 años, les tocó sin embargo esa etapa aventurera en la que la mayoría de películas se estrenaban sin publicidad y salían de la cartelera antes de recaudar algo de lo que se les debía a quienes las habían hecho posibles. Una vez, Heriberto me recogió en el jeep del director Pacho Norden, y como le pregunté si se lo había prestado, me contestó que no, que ahora era suyo y de Flor Marina, pues el Maestro les había pagado con él sus honorarios de sonidista y de maquilladora en Cóndores no entierran todos los días.

Pero no todos los directores eran tan resteados como Norden, de modo que fueron muchas las películas en las que esta pareja trabajó por lo que hubiera. Lo curioso es que Heriberto, Ricardo Suárez, Mario Jiménez, Mario González y Jairo Obando magníficos profesionales en distintas ramas fundaron un sindicato “para defender los derechos de los trabajadores en las películas”, pero este cine nuestro, que de lucrativo no tenía lo que se dice nada, terminaba seduciéndolos por la mera pasión de hacerlo, lo que les significaba dejar los reclamos del proletariado fílmico en el puro símbolo.

A Heriberto, además, junto a sus dos colegas de entonces Carlos Lopera y Gustavo de la Hoz, les tocó dar la pelea contra la fama generalizada de que las películas colombianas tenían mal sonido. Un prejuicio, pues era el pésimo mantenimiento de los parlantes de las viejas salas lo que hacía inaudibles los diálogos de cuanto se exhibía, incluidas las películas americanas.

Otra cosa era que en éstas el público ni se percataba, por estar pendiente de los subtítulos en español. Nuestro cine, sin embargo, reivindicaba su acústica al exhibirse en los circuitos de Pel-mex, ya inexistentes. Hoy en día, la gracia del dolby digital y el rigor con que los nuevos empresarios de la exhibición consienten sus salas, han hecho indudable la destreza de nuestros sonidistas, de los que Heriberto fue un pionero.

Ahí están sus películas para recordarles a las nuevas generaciones de cineastas la calidad de este dinosaurio ya extinto, contemporáneo mío a mucho honor.

Tenía una lengua brava: hace veinte años, en Filandia (Quindío), durante el rodaje de Milagro en Roma, el fotógrafo Mario Joya, un cubano, se compró un overol lleno de logotipos de Exxon, Ford, Coca Cola y cuanta multinacional existe. Durante un descanso, al set llegó un coplero que le cantó algo así: “A usted cubanito artista/que sea paciente le pido/que Fidel ya está en despido/pues pronto vuelve Batista”. Como Mario se molestara, aclarándole que era un revolucionario que vivía en La Habana y no en Miami, Heriberto le dijo: “Hermano, lo que pasa es que con esa ropa que usted lleva puesta…”.

Flor Marina era la prudencia en pasta, siempre sonriente y disponible en su apartado de maquilladora. La recuerdo como Barrera Parra a Don Emilio Murillo: como una persona que “cruzó por la vida en pantuflas”. Heriberto, en cambio, era un tolimense locuaz, participativo, líder, que se la pasaba recorriendo el set preguntando para qué era bueno.

*Cineasta. Profesor de las universidades Central y Nacional.

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