Por: María Elvira Samper

Heridas abiertas

La polémica desatada por la serie de RCN TV —basada en la vida de los hermanos Castaño— no es nueva.

 Está planteada desde que las llamadas narconovelas invadieron la pantalla chica y subió los decibeles cuando Caracol TV sacó al aire Escobar, el patrón del mal. No es nueva, pero sigue siendo pertinente, porque aborda el paramilitarismo, un fenómeno atado al narcotráfico que sigue vigente y que está dolorosamente presente en la vida de miles de sus víctimas, aquellas que fueron despojadas y desplazadas, que sufren la horfandad, la viudez, el desamparo, que vieron sus comunidades destruidas, que aún tienen abiertas las heridas y todavía buscan a sus muertos, y que siguen sin encontrar respuestas a las preguntas sobre por qué les pasó lo que les pasó, por qué persisten las amenazas, por qué la sociedad tiene tan alto el umbral de tolerancia a la violencia.

En carta pública al doctor Carlos Ardilla Lülle, cabeza del grupo empresarial dueño del canal, el periodista antioqueño Juan Diego Restrepo recoge ese sentir de tantos que han sufrido la violencia paramilitar y que consideran que la serie ennoblece a los victimarios y minimiza a las víctimas, y le pide sacarla del aire (semana.com). Varios anunciantes han retirado la pauta, en las redes sociales el rechazo se propaga como virus y el rector de la Universidad de Antioquia, Alberto Uribe, protestó por la aparición de ese centro educativo en la telenovela y la cuestiona porque prolonga estereotipos que estigmatizan a miles de personas. Por su parte, el reconocido crítico de TV Ómar Rincón puso el dedo en la llaga con preguntas sobre por qué si se quiere destacar a las víctimas, su punto de vista, sus historias no están desde los primeros capítulos; por qué construir la memoria del paramilitarismo desde los victimarios y no desde las víctimas; por qué hacer héroes de los verdugos (El Tiempo, marzo 19).

Gustavo Bolívar, creador de la serie, la defiende con argumentos pretenciosos unos y sofísticos otros. Pretenciosos como el de la necesidad de conocer la historia (¿la que él construye a mitad de camino entre la realidad y la ficción?), y de “conocerla ahora que está fresca, y no dejar que pasen 50 años para que la distorsionen historiadores de izquierda o de derecha” (La W). Y sofísticos como el ya manido de que lo que ofrecen los canales es lo que les gusta a los televidentes, y que la prueba es el alto rating. Como si de la mano de los índices de audiencia pudiera demostrarse, en forma absoluta, qué quieren ver los espectadores, cuando la realidad es que lo que indican son las preferencias frente a una oferta reducida. Alto rating no equivale a “bueno” en el modelo industrial y comercial de la televisión, cuya principal fuente de financiación es la publicidad, razón por la cual su imperativo es conseguir audiencia —a cualquier costo—, pues mientras más alto el rating, mayor la pauta y más jugosas las utilidades.

Negocio es el nombre del juego. Los canales y los creadores de las narconovelas lo saben, como saben de la especial y perversa atracción que los malos ejercen en los televidentes —los buenos son aburridos—. Por eso desarrollan historias de personajes perversos, que van construyéndose y adquiriendo volumen en el curso del drama, mientras sus antagonistas —los buenos— aparecen tarde, por lo general sin historia que los respalde y planos como dummies.

La polémica está servida y a los interrogantes que abre agregaría dos: el primero, sobre si es o no pertinente y conveniente abordar desde el género telenovela un fenómeno tan cercano y no superado como el paramilitarismo, y el segundo, sobre cómo entienden la función social los productores de narconovelas que refuerzan los antivalores de la cultura mafiosa. El afán de lucro no lo puede ser todo, la responsabilidad social no puede quedarse en la retórica.

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