Por: Sorayda Peguero

Heridas de Guerra

Margaret tenía cosas de blanca y cosas de negra. En su pelo alternaban hebras doradas y oscuras, y su piel era de un tono cobrizo, como de melaza refinada. Me contaba que su papá, al que todos le decían el americano y que en realidad se llamaba Peter, había peleado en la guerra de Vietnam. Decía que era un hombre bravo, un héroe verdadero, no como Superman, que sólo era “un muñequito que volaba de mentira”. Me habló de la famosa medalla de su papá: una estrella engarzada en una cinta azul celeste que le había regalado el presidente de los Estados Unidos. “Otorgada a Peter Howard por su valentía e intrepidez con riesgo de la propia vida, más allá de la llamada del deber, estando en combate contra un enemigo de los Estados Unidos”.

La gente decía que el americano y cuatro hombres de su pelotón se habían salvado de puro milagro. Que una bomba los lanzó por los aires como a una bandada de pajaritos. Al papá de Margaret tuvieron que operarlo como seis veces, y le pusieron unos implantes de metal en la cabeza. A veces, se cubría la cara con unas pantimedias de la mamá de Margaret y se pintaba los brazos y las piernas con líquido de limpiar zapatos. Escondido en los callejones, como si estuviera acechando a alguien, empuñaba una pistolita de juguete que le cabía en la palma de una mano y gritaba malas palabras en inglés.

Un día se presentó en la escuela vestido de militar. Fue a buscar a su hija, pero el portero no lo dejó entrar. Uno de los conserjes avisó a la profesora. Margaret salió corriendo, y toda la clase salió detrás de ella. Cuando el portero le abrió la puerta, Margaret se abrazó a su papá. Algunos niños se reían, pero Margaret no se enteraba. El patio de la escuela, y todo lo que había en él, quedó aislado de ellos. Como si estuvieran en una burbuja, solos, ella y su papá. El americano parecía un niño pequeño, más pequeño que su hija. Ella empezó a hablarle en susurros. Le acariciaba la cara y le decía que los enemigos se habían ido, que el presidente lo estaba esperando para premiarlo por su valentía, que se iba a poner un vestido muy bonito y que se iba a peinar los rizos con agua de azúcar, para acompañarlo a recoger su medalla de honor. El americano la miraba alucinado, con el rostro enrojecido y las manos temblorosas. “¿Todo bien, Margaret? ¿Todo bien?”, le preguntaba a su hija. Yo no entendía por qué Margaret le estaba diciendo a su papá todo eso del vestido, los rizos azucarados, el presidente y la medalla. No entendía que algunas mentiras son auténticas declaraciones de amor.

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