Por: Alberto Donadio

Hernando Giraldo

En 1946 don Gabriel Cano lo invitó a escribir dos veces a la semana. A poco andar, como la columna gustó entre los lectores de El Espectador, le pidió que lo hiciera todos los días.

Fue así como Hernando Giraldo inició la Columna Libre, que perduró casi treinta años. En el Canódromo también publicó sus grandes reportajes dominicales. Hoy solamente los mayores de 60 lo recuerdan pero él fue, con Klim, uno de los periodistas más leídos del país. Hernando Giraldo vive en La Mesa (Cundinamarca) y cercano a los 84 es, entre las grandes firmas de otra época, uno de los poquísimos sobrevivientes. Lee con gula, a razón de un libro cada dos días. El otro día me decía al teléfono que estaba leyendo “con infinita devoción” Tinta indeleble, el volumen magistral sobre Guillermo Cano. Y agregaba: “Ay, Guillermo, y pensar que hoy el narcotráfico es rey”. Hernando Giraldo, nacido en Neira (Caldas) —“una aldea desapacible, fea y conservadora”, como él la definió—, fue dueño de una prosa amenísima, coloquial, de entre casa, y en ocasiones demoledora. Tuvo un millón de amigos, fundó El Zaguán de las Aguas y otros restaurantes, bebió vino tinto con presidentes y pintores y mantuvo un coto independiente en la prensa.

También de 1964 es su Yo pecador me confieso, esbozo de autobiografía hasta la expulsión del seminario de Manizales a los 17 años. Empezaba así: “En vista de que voy a decir muchas cosas que escandalizarán a los hipócritas y a los cobardes, quiero retratarme antes de cuerpo entero, para que el lector sepa de una vez con quién le va a tocar enfrentarse. Yo no cargo agua en la boca, y como no ando en busca de prestigios, ni de consulados, ni de amistades importantes, ni de riquezas, puedo darme el lujo de pensar en voz alta. En este país de chismosos clandestinos, hacen falta los murmuradores con trompeta. Yo soy un excelente criticón, con la ventaja de que nunca meto las narices en la vida íntima de nadie”. Después se presentaba así: “Me llamo Hernando Giraldo, Álvarez, Peláez, Jaramillo, Salazar, Robledo, Peláez, Mejía. Mi papá se llamaba Camilo. Era un bohemio empedernido. Mujeriego y tomatrago, vivía en son de parranda, y no desaprovechaba oportunidad para disfrutar de las delicias que le proporcionaba su barra de calaveras”. Sobre su mamá anotaba: “Misiá María Álvarez es algo del otro mundo. Muy hermosa, toda ternura y cariño, bondadosa y sencilla, más católica que el Papa, cabecidura como ella sola, cusumbosola y de aspecto tan serio que parece antipática, constituye mi única religión. Ella ha vivido de la casa a la iglesia y de la iglesia a la casa. Jamás ha bailado, y no se deja besar de los hijos, alegando que a ella solo la ha podido besar un hombre, que fue su marido. A pesar de que nos adoramos, vivimos en una batalla permanente. Ella alega que yo soy el hombre más necio, más cositero y más malgeniado de la tierra. Me ruega que no vaya a martirizar a ninguna mujer con el matrimonio, ya que solo ella, porque es la madre, es capaz de aguantarme. Cuando estamos hasta los ojos de pelearnos, convenimos un divorcio amistoso, la empaco para donde su hija casada que vive en Manizales, y así descansamos mutuamente por intervalos de dos meses”. El Yo pecador no apareció en este periódico sino en una revista de la editorial Tercer Mundo, pero Hernando Giraldo juzga que solamente en El Espectador habría podido publicar la Columna Libre sin cargar agua en la boca. Es algo que muchos pensamos en voz alta. 

 

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