Héroes criminales

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Existe un verdadero culto en Occidente alrededor de tres de sus peores criminales: Alejandro de Macedonia, Julio César y Napoleón.

Historiadores, novelistas, músicos, dramaturgos y pintores han elevado a la categoría de héroes supremos a estos genocidas. Los innumerables crímenes y horrores perpetrados en aras de satisfacer su propio afán de gloria, si apenas se mencionan, son considerados insignificantes, o incluso son tenidos como prueba de su nobleza, de su voluntad para llevar la civilización, las leyes y el sentido de un orden superior a naciones ignorantes y bárbaras.

Es un progreso moral indudable, en palabras del filósofo argentino Mario Bunge, que personajes como César o Alejandro, celebrados como superhombres máximos durante dos milenios, sean vistos hoy por un grupo cada vez más grande de historiadores como asesinos y ladrones a gran escala. Para Bunge, en un mundo en realidad civilizado, Alejandro Magno habría de llamarse Alejandro Parvo, o quizás un nombre más apropiado: “el bárbaro de Macedonia”. Al igual que su homólogo Hitler --a quien nadie se atrevería a llamar “Adolfo el Grande”--, Alejandro era sensible y tierno con los animales, pero cruel y despiadado con sus semejantes. Ambos eran megalómanos, codiciosos, místicos y se creían iluminados y predestinados a consumar la gran causa que el destino les había asignado.

Un sentimiento muy enraizado en la naturaleza humana hace que admiremos a los vencedores más allá de cualquier consideración ética. De otra forma, ¿cómo se explica que psicópatas como Alejandro despierten semejante respeto, o que los restos de uno de los peores genocidas de Francia descansen en un fastuoso mausoleo de mármol rojo y reciban el homenaje diario de miles de turistas?

El paso del tiempo tiene el curioso efecto de hacer que juzguemos con otro rasero los actos de nuestros predecesores. Algunos piensan que cualquier juicio a posteriori es imposible, o inclusive ridículo. Esta posición se basa en un relativismo ético que sostiene que no podemos aplicar una misma escala de valores para cualquier período de la historia, ya que los juicios morales dependen exclusivamente del contexto cultural.

Quienes sostienen este punto de vista tienen razón en afirmar que ciertas prácticas que hoy pueden parecer inmorales fueron consideradas aceptables en su momento. Por ejemplo, tienen razón en observar que un esclavista americano del siglo XIX no creyera que poseer esclavos fuera algo inmoral, o que inclusive pudiera llegar a considerarlo un deber cristiano. Pero podemos estar seguros de que esta misma persona se horrorizaría si hiciese el experimento mental de imaginar que el esclavo fuera uno de sus hijos, lo cual demostraría que percibe la esclavitud como algo indeseable e indigno –aunque la viera justificable para otros--, al menos si nos adherimos al principio kantiano de que lo “malo” es lo que no desearíamos para nosotros mismos.

La libertad y el derecho a la vida son valores universales. En cambio, la tortura, la esclavitud y el conjunto de sufrimientos y vejaciones que infligen las guerras sobre los hombres son rechazados por igual sin importar el grupo humano, la nación o la época.

Más que el hecho de que la historia la escriban los vencedores, lo que realmente ha llevado a enaltecer hasta la histeria a estos engendros es algo más primitivo e irracional, y tiene su origen en ese sentimiento nacionalista que todos llevamos dentro, que nos hace ver magno al vencedor, si es uno de los nuestros, e infame y salvaje si es foráneo. Gengis Kan es reverenciado en su nativa Mongolia, pero es tenido por un bárbaro sanguinario en Occidente. Harry Truman es considerado por muchos estadunidenses como un héroe de la Segunda Guerra Mundial, pero visto por los japoneses como uno de los peores homicidas del siglo XX.

En Nuremberg fueron juzgados y ejecutados altos generales y colaboradores del régimen nazi. Pero si todos los criminales de guerra hubiesen sido juzgados por igual, y no solo los perdedores, también habrían tenido que colgar a Truman por el peor acto terrorista de la historia: aniquilar la población de dos ciudades enteras con bombas atómicas; y a Churchill por crímenes de lesa humanidad, al ordenar que incineraran a los civiles indefensos de Dresde y otras ciudades alemanas.
 
En un mundo civilizado, tal vez lejano todavía, a estos conquistadores sanguinarios junto con otros monstruos como Inocencio III y demás Papas genocidas, deberían reunírseles en un mismo grupo, al lado de reconocidos asesinos en serie como Asurbanipal, Calígula, Atila, Stalin, Hitler, Pol Pot, Leopoldo II de Bélgica… Y señalarlos como lo que realmente son: la peor vergüenza de la humanidad.

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