Por: Juan David Ochoa

Hidroituango: catedral del desastre

Hidroituango ha resultado ser una metáfora perfecta de un enorme engranaje de corrupción y muerte que ha definido a esta sociedad enferma desde que la tradición de la Colonia mutó entre los métodos del narcotráfico y en ese efecto implosivo de la venta de todos los principios para salvarse entre el desastre y sobrevivir con un botín. La política fue entonces el escenario conveniente para sostener el saqueo progresivo y los pactos de silencio, los contratos protagonizados y avalados, los proyectos financiados para controlar el poder desde las cláusulas. Esa relación entre el poder político y los sectores privados que entendieron rápidamente el contexto y su beneficio forjó la nueva tradición y afianzó los métodos casi imperceptibles del cohecho y del prevaricato para sostener su imperio contra todos los riesgos: para eso están allí los carteles de jueces y magistrados dispuestos al contrato más sólido que garantice un encubrimiento aún más eficaz. Y si los métodos resultan contraproducentes, y si el pacto de silencio se desborda como un río de muertos y se ruedan los diques y los pueblos se pierden enteros entre el lodo y la putrefacción, también estará allí el vencimiento de términos para salvaguardar el nombre de quienes han pagado un seguro mayor para el prestigio.

Toda esta espiral de impunidad y burocracia debía llegar a su demostración catedralicia. Hidroituango es la joya de la corona de una tradición antioqueña forjada en el arribismo y entre los contubernios de una política cómplice de todo lo que hiciera resonar su gentilicio ante el mundo. Contra todos los primeros análisis y las primeras advertencias de riesgos potenciales, construyeron la represa a su manera con las reglas y las normas de sus lemas federalistas y unas licitaciones que aún no han sabido argumentar. Álvaro Uribe, Luis Alfredo Ramos y Sergio Fajardo, grandes exponentes de la magnificencia de la obra, solo escucharon la adulación al poderío de su raza especial y se negaron a tomar en cuenta la existencia de los ribereños río abajo, donde la obra iba a tener su mayor efecto y evidencia, y donde estaba la misma tradición ancestral que después les empezó a parecer tan nimia y distante del paraíso. Cuando lograron organizarse para hacerse escuchar por una sola vez y sugerir otras posibilidades acordes al contexto, les enviaron el Esmad como la única opción de contacto. Ya habían llegado también allí los paramilitares para callar futuras rebeliones. Nunca llegaron los políticos que no pierden su tiempo en épocas ajenas a campaña electoral o en discusiones bizantinas sobre el futuro ecológico. Solo era un río y riberas sin influencia. Nada iba a detener la marcha de la obra más ambiciosa del país y la sexta más grande de Latinoamérica.

Ahora que no hay marcha atrás para el desastre piden comprensión y escuchan las voces que los puedan salvar del abismo. Las imponentes Empresas Públicas de Medellín no tienen ahora la pujanza para solventar la crisis y el futuro de una catástrofe. La catedral se hunde entre el fango y el delirio y los políticos que la fundaron no pueden hablar. María Auxiliadora preside la última operación de la soberbia.

 

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