Por: Eduardo Barajas Sandoval

Higiene de buen gobierno

Para que los gobiernos sean dignos de la confianza y el respeto de los ciudadanos, y para la salud del respectivo sistema político, es mejor que los altos cargos se retiren a tiempo, en lugar de permanecer por encima de la evidencia, o de los indicios graves y serios, de actuaciones indebidas.

La defensa a ultranza de ministros y funcionarios le hace más mal a la institucionalidad que al propio gobernante, que en todo caso paga, tarde o temprano, por el desatino de tratar de prevalecer sobre sus críticos, aún a costa del desmedro de la calidad moral de su ejercicio. Cuando los implicados se retiran, o el jefe de gobierno prescinde de ellos a tiempo, la sociedad entera siente el refresco de la sensación de vivir en un ambiente público sano.

Priti Sushil Patel es hija de unos inmigrantes indios, de Gujarat, la tierra de Gandhi, que se fueron primero a vivir a Uganda y, ante la inminencia de la expulsión de los asiáticos del país por parte de Idi Amín Dadá, llegaron a Hertfordshire, en la Gran Bretaña, donde montaron una cadena de puestos de venta de periódicos.

A pesar de su origen, y de haber estudiado en la Universidad de Essex, jardín tradicional de la izquierda, Priti tuvo desde un principio como heroína a Margaret Thatcher, y terminó enrolada en el Partido Conservador, a cuyo nombre llegó al Parlamento en 2010, por la circunscripción de Witham.

Después de haber servido en el gobierno Cameron como ministra de Estado para el Empleo, pasó al gabinete de Theresa May como secretaria de Estado para el Desarrollo Internacional. Fervorosa hija del Imperio británico y militante del sector más optimista sobre el futuro de su país sin ligaduras con la Unión Europea, ejercía su oficio bajo el lema, radicalmente conservador, de que la mejor forma de promover el desarrollo es el comercio, en lugar de la ayuda.

James Landale, el refinado y experto corresponsal diplomático de la BBC, hizo saber, a principios de noviembre, que Priti Patel había sostenido, durante las vacaciones de verano del presente año, reuniones con miembros del gobierno israelí, incluido el primer mministro Netanyahu, sin haberlo informado a la primera ministra, su jefe.  En los encuentros, que no fueron informados tampoco a la embajada británica en Tel Aviv, habría estado acompañada de lord Polak, lobista, además de presidente honorario de los “Amigos Conservadores de Israel”. Después, la señora Patel habría sugerido que el departamento a su cargo apoyara el sostenimiento de hospitales israelíes en los Altos del Golán.

No es que el contacto con Israel tenga para un miembro del gabinete británico nada de malo, pues en realidad los dos países son aliados históricos y la comunidad judía en la Gran Bretaña es grande, respetada y poderosa. Lo que pasa es que en éste último país existe un “Código Ministerial” según el cual “los ministros deben garantizar que no surja ningún conflicto, o pueda percibirse razonablemente que surja, entre sus deberes públicos y sus intereses privados, financieros o de otro tipo”.

Priti reconoció que había sostenido los encuentros, en un viaje de vacaciones pagado por ella, y afirmó que Boris Johnson, el controvertido e incierto jefe de la diplomacia británica, había sido informado de ellos.  Excusa que sirvió de poco ante los reclamos de figuras públicas de aquellas que en ciertos países se manifiestan sin reservas en defensa de la impecabilidad en el funcionamiento de los gobiernos, en lugar de guardar ese silencio permisivo que tanto mal les hace al clima político y a la moral de un país, cuando nadie dice nada, y más aún cuando los grandes voceros y actores de la política se quedan callados.

La primera ministra tuvo con Patel una reunión de seis minutos, al cabo de la cual la secretaria de Estado entregó su renuncia. En ella lamenta que los reportes sobre sus acciones hayan distraído la atención del departamento a su cargo y de todo el gobierno. También reconoce que en las reuniones con organizaciones y figuras políticas, durante un viaje privado de vacaciones a Israel, sus actos estuvieron por debajo de “los altos estándares que se esperan de un secretario de Estado”. 

A la señora May no le pareció una falta excusable. No consideró que el asunto fuera de menor importancia. No confió en que la marea bajara cuando surgiera otro tema que llamara en dirección diferente la atención del público. No se dedicó a defenderla a ultranza por el solo hecho de ser su subalterna y de haberla escogido para que formara parte de su gabinete. No trató de cubrirla ni de justificarla. Tampoco guardó silencio cómplice. No consideró que su salida del gobierno sería para ella una derrota inaceptable. Prefirió más bien que se fuera, para que el Código Ministerial no quedara relegado al botadero de las leyes que no se cumplen, cuando no le convienen al interés de un gobierno, bajo la consigna de que el gobernante debe ganar todos los lances.

La señora Patel regresará al Parlamento. No se sabe si sus electores la volverán a apoyar, o si la castigarán con el arma del voto, en un país en el que los ciudadanos no tienen la costumbre de vender su cuota de poder al mejor postor. En todo caso, a la señora May la podrán descalificar por otras cosas, pero no por faltar a un deber esencial, de índole moral, que tiene todo gobernante. Y a la señora Patel tampoco, al haberse retirado a tiempo, por lo que le corresponde. Con todo, no faltará en Gran Bretaña quién esté preocupado por el “bajón” en el comportamiento de los altos funcionarios. 

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