Hiperconectividad, el nuevo estilo de vida

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En la década de los 70, una persona recibía por mucho unas cuatro comunicaciones externas en un día. En contraste, hoy en día, una persona fácilmente puede recibir unas 120 (entre emails, llamadas, mensajes de texto, mensajes de voz, videoconferencias), además, a un costo cercano a cero y con una rapidez asombrosa. Adicional a estas comunicaciones, estamos bombardeados por redes sociales que agarran nuestra atención con gran facilidad. Por ello nos es difícil desprendernos del celular, porque sabemos que en pocos segundos llegará algún mensaje nuevo o podremos perdernos de algo en las redes. La revista Forbes hizo estos cálculos de cuántas comunicaciones externas recibía una persona en 2019, un año antes de la pandemia, imagínense como estamos ahora.

De acuerdo con un artículo de Mary Branscombe para The New Stack, a raíz del COVID-19 el acceso al servicio de internet en el mundo ha aumentado entre un 40% y un 100%, dependiendo de la ciudad, y el uso de videoconferencias como Zoom se ha multiplicado 10 veces. Por su parte, estadísticas de Naciones Unidas y de Hootsuite revelan que de los casi 8.000 millones de personas que hay en el planeta, hoy más de 5.000 millones tienen celular, cerca de 5.000 millones son usuarios de internet y más de 4.000 millones son usuarios activos en redes sociales.

Como resultado, estamos cada vez más inmersos en un estilo de vida en el que no se puede desperdiciar ni un minuto y en el que vivimos hiperconectados. De hecho, en una conferencia a la que asistí hace poco de Julio Caycedo sobre hiperconectividad y uso seguro de TIC, se indica que Colombia es de los países más hiperconectados, siendo el segundo en el mundo que pasa más tiempo en las redes sociales y el cuarto que pasa más tiempo en internet.

La pregunta es: ¿nos debemos preocupar por esto? Yo pienso que sí y a la vez que no. Depende de cada uno. Se debe preocupar si usted se vuelve un esclavo de lo inmediato y de aprovechar cada segundo de vida para evacuar pendientes o informarse de lo que ocurre en las redes sociales mientras está en el baño, en vacaciones, en restaurantes, caminando en el parque o jugando con sus hijos. También, si le es difícil mantener una conversación sin la tentación de desviar la mirada al celular, o si se pone bravo porque lo hacen esperar más de cinco minutos en una cita, no le entra la señal del celular y no tiene nada que hacer. Adicionalmente, si se le daña el día cuando la impresora está lenta, o si la única manera de que sus hijos estén tranquilos es dándoles un chupo electrónico y enchufándolos a una tableta (ver columna “Chupo electrónico”).

Parte de los efectos de esta hiperconectividad incluyen la falta de socialización y de conexión con otros, el uso de las redes sociales como únicas fuentes de información y el compartir con irresponsabilidad su contenido poco fidedigno (ver columna “Para dónde se fue la ciencia”), el comportamiento adictivo, los problemas de cuello y espalda, entre otros. Pero todo esto no es culpa de la hiperconectividad. Es culpa de nosotros por no saberla manejar. Ella está ahí como recurso, pero no está ahí para acabar con nosotros.

“Mi hijo no hace ejercicio por culpa de la tableta”, me dice un amigo. Yo leo esto y me pregunto: ¿es por culpa de la tableta o por la falta de control y límites de nosotros, los adultos cuidadores, que tal vez también estamos hiperconectados y no se nos ocurre tener una pausa activa en compañía de nuestros hijos ahora que tenemos todos la oportunidad de estar más tiempo en casa?

La hiperconectividad es parte de nuestras vidas, vino para quedarse y cada día va a haber más razones para estar más conectados de lo que estamos hoy. No debemos asustarnos, no la podemos satanizar, pues la necesitamos y ha brindado grandes ventajas para el trabajo, el estudio, el tiempo libre, la innovación, la productividad, entre otros. ¿Qué hubiera sido de nosotros en esta pandemia sin la posibilidad de conectarnos? Gracias a ella pudimos seguir adelante en medio de todo.

Debemos aprender a usar los dispositivos y pantallas y a regularnos, para que no consuman nuestras vidas. Además, como adultos, debemos saber más de la tecnología que los niños, para poderlos guiar.

Al final, el problema no son las pantallas, ni las redes sociales, ni los videojuegos, sino cómo decidimos usarlos. Es nuestra responsabilidad como sociedad educar para un buen uso de las tecnologías y para permitir que se utilicen para cosas buenas. A través de la tecnología podemos cambiar el mundo, pero también podemos hundirnos en mayor polarización, consumismo y odio. La decisión de cuál camino tomamos está en nuestras manos.

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