Por: Brigitte LG Baptiste

Hiperdamnificados

En Colombia surgió hace décadas la categoría de “damnificado profesional” como un mecanismo “maladaptativo” para recibir beneficios del Estado y de la caridad en tiempos de inundación, un fenómeno cíclico y relativamente predecible. Gran parte de la captura de votos de ciertas maquinarias electorales se fundó en esa alianza forzada entre los señores del poder y comunidades totalmente abandonadas que descubrieron, sin embargo, que eran valiosas ocasionalmente y acabaron atrapadas por el perverso mecanismo.

La persistencia en las asimetrías de bienestar, resueltas con lentitud por los gobiernos o consumidas por la corrupción, ha llevado a esta profesión a un nivel inesperado, apenas ajustado a la creciente conciencia de que no existen los desastres naturales, solo el manejo de la vulnerabilidad: ha evolucionado la estrategia entonces, para mal. La prosperidad es ahora el desastre, interpretado como tal por sectores del ambientalismo que están creando una categoría inusitada de actor social, el damnificado por el desarrollo, el hiperdamnificado. Es decir, aquel que además de vulnerable ante la incertidumbre de la variabilidad ambiental natural queda expuesto, deliberada o inconscientemente, a los efectos de la transformación de los ecosistemas por diversos agentes de la sociedad o del mismo Estado. Un político regional reclamaba en días pasados compensaciones inconmensurables para “cientos de miles” de afectados por el evento de La Lizama, esperando cosechar, textualmente y a su favor, en río revuelto. La ineludible incertidumbre de la complejidad ambiental debería ser resuelta por la vía del buen gobierno y no del clientelismo.

Los desplazados climáticos eran hasta hace poco la única categoría de damnificados ambientales a la que estábamos acostumbrados. Hoy, sin embargo, la concentración de las “externalidades” del desarrollo en las comunidades más desfavorecidas o marginalizadas debe ser interpretada como un desastre social y cultural, como manifesté en este mismo diario hace unas semanas, pero no en el sentido con el que está siendo utilizado por sectores emergentes de la opinión para construir sus proyectos populistas de equidad local a costillas del proyecto incompleto de desarrollo nacional. Una estrategia para exacerbar las tensiones que poco aporta a solucionarlas: los innumerables conflictos ambientales tienen raíces profundas en esta historia de asimetrías, pero si su tratamiento se orienta a la construcción heroica y mediática de resistencias que utilizan a las comunidades como carne de cañón, poco avanzaremos en la construcción de una sostenibilidad estructural y participativa. Me adhiero a la crítica de Julio Carrizosa al marxismo y al neoliberalismo como perspectivas fallidas en esa búsqueda, y a su recomendación de construir un ambientalismo sin simplicidad ni dogmatismos, con una nueva institucionalidad basada en acuerdos entre empresarios, sociedad civil y el Estado; un camino más promisorio, que acuda a lo mejor del mercado, la solidaridad y la regulación.

Todo el mundo tiene derecho a un ambiente sano y a recibir los beneficios de una prosperidad que parece nunca distribuirse. Para ello, sin embargo, la figura del hiperdamnificado solo será un obstáculo, pues el statu quo lo resolverá con más de lo mismo: respuestas de emergencia, regalos de plata del erario o simple caridad, justo lo que no necesitamos.

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