Hipoxia feliz

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La información salva vidas. La buena información, contrastada, veraz, que entrevista a los que saben, que profundiza con los estudiosos, que investiga honestamente y que busca, con la explicación clara de la verdad, ser útil para todos los ciudadanos corrientes, salva vidas. Lo mejor del periodismo intenta hacer esto por la radio, la televisión, los periódicos, las redes. Hay momentos en que el periodismo, además de informar, tiene que ser didáctico, útil para la vida diaria. Dar herramientas de supervivencia.

En situaciones de crisis sanitaria como la que estamos viviendo, esto es más cierto que nunca. El buen periodismo vulgariza, es decir, divulga, en las acepciones más nobles de estos verbos: pone a nivel del vulgo, ayuda a la comprensión rápida y fácil de la persona corriente, del niño, de los que no tuvieron oportunidad de estudiar ni de ser bachilleres o doctores. Los gurús, las pedantes y los sabihondos (todo lo contrario de los sabios) detestan la divulgación porque —según ellos— en ella se banaliza lo oscuro, lo insondable, lo profundo, lo que solo ellos (iniciados en los misterios del saber) están en condiciones de entender. Les encanta envolver el supuesto secreto en una jerga de secta, hermética, en sus sofisticadas alusiones culteranas, de modo que el vulgo, el pueblo raso, los admire y respete como si fueran sumos sacerdotes musitando entre ellos en una lengua muerta.

Lo más cruel es que a veces esos mismos gurúes y pedantes (que alardean a toda hora de su erudición) se presentan como amigos del pueblo, cuando en realidad piensan como Laureano, y creen que la parte ancha de la pirámide “está integrada por el oscuro e inepto vulgo” donde es “infinito el número de los estultos”. Si, de entrada, uno considera estulto al pueblo, es decir necio, incapaz de comprensión, entonces ya no vale la pena divulgar, ese hermoso ejercicio al que se dedica, en cambio, el buen periodismo: poner lo más complejo al alcance de muchos, precisamente porque considera que, aunque la educación esté mal repartida, el entendimiento es parecido en todos.

Por qué en distintos sitios del país y del mundo, con unas cifras de infectados similares, con una distribución por edades semejante, el número de muertos es menor. A veces esto se debe a algo muy sencillo: más información a los pacientes y más herramientas de seguimiento al personal sanitario. Según el médico Gabriel Mesa es posible que en Antioquia el número y el porcentaje de fallecidos sea inferior al de otras partes del país por unas medidas preventivas prácticas y sencillas. Lo que pretenden estas medidas es que los pulmones de algunos enfermos no se deterioren silenciosamente hasta que sea ya muy tarde. Si a todos los infectados se les suministra un oxímetro de pulso, y se les da oxígeno en la casa cuando los valores bajen e indicaciones para respirar boca abajo de un modo consciente y profundo, el riesgo de tener que llegar a una UCI y a un desenlace fatal es menor.

Conviene saber que hay enfermos de COVID-19 que no se dan cuenta de su gravedad pues sufren de algo que han dado en llamar “hipoxia feliz”. Se están asfixiando sin darse cuenta, incluso algo sedados y eufóricos o apáticos por la escasez de oxígeno. Cuando los síntomas se agravan y al fin consultan, a veces ya es muy tarde. Combinando información seria (tomada de buen periodismo divulgativo, y no directamente de artículos científicos), de tratamiento eficaz y preventivo en Alemania, es posible disminuir el número de hospitalizaciones y de muertes. Todo esto tiene explicaciones técnicas mucho más profundas y complejas, que tienen que ver con células, alvéolos, respuesta inmune, trombos, predisposiciones genéticas, etc. Esta parte se puede dejar a los expertos. Pero lo básico, lo divulgativo: oxímetro para medir lo que no se percibe, oxígeno para ayudar a los pulmones a hacer su trabajo sin deteriorarse más, posición del cuerpo, inhalaciones profundas, salva vidas. Así de simple; así de bonito.

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