Por: Valentina Coccia

Hiroshima y Nagasaki: una sepultura sin sosiego

72 años atrás una nube de polvo, de muerte, de sombras, sumergió las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en la imposibilidad del olvido. Aún hoy, en el Parque de la Paz de la ciudad de Hiroshima, se mantiene prendida una llama por la paz que desde 1964 se transfigura con el viento, perseverando para que el mundo se libre del horror de las armas nucleares. Como todos los años, también en esta ocasión la población se reunió en dicho parque para que a las 8:15 de la mañana (hora en la que “Little Boy” cayó discreta en la ciudad) todos recordaran a las víctimas y acogieran su dolor durante un minuto de silencio.

Cuando pienso en las bombas de Hiroshima y Nagasaki no puedo evitar acordarme de cuán poco sabemos del horror, de cuánta distancia hay entre nosotros, los que vivimos sanamente el día a día, y aquellos que murieron o sobrevivieron, o avistaron aunque sea tangencialmente una catástrofe como esta. Pocos resquicios nos quedan: tal vez algunas fotografías que Google nos provee generosamente, la lectura de algún texto como el de John Hersey, o el encuentro con algún artículo de periódico que relate los hechos más básicos o que exponga la visión de algunos testimonios que a lo mejor, si tuvieran el poder para no hacerlo, no querrían recordar la catástrofe. Mi curiosidad de historiadora se ha despertado: ¿qué pensarían las personas que algunas horas después de la terrible radiación simplemente se sentaron a esperar la muerte? ¿Cuál sería el escozor que desde adentro reventó inundando cada una de sus venas? ¿cómo se sentiría tocar los escombros con los pies descalzos, tallando a cada paso la firmeza de la piel? ¿qué sensación sentían al avistar un rostro conocido, deformado por las quemaduras, casi monstruoso? ¿un rostro que antes era familiar y ahora tan extraño?

La labor del historiador es sin duda un ejercicio de imaginación: algunas pocas fotografías, la lectura de algunos testimonios, o del famoso relato de John Hersey, pueden ayudar a cada uno a hacerse una idea de lo que fue esta catástrofe, y a congraciarse, de algún modo, con los que la presenciaron, con los que la vivieron o con los que murieron en ella. Esta labor, por lo menos, puede ayudarnos a tener un provechoso minuto de silencio y de dolor, y puede llevarnos, con los ojos cerrados, a imaginar aquello que nuestros sentidos no alcanzan. Al cerrar mis ojos puedo solo pensar en el atentado como una manifestación performativa de la muerte, que en el relato de Hersey aparece en algunas de sus formas: el tránsito hacia una existencia distinta, la inmersión en un silencio profundo, el destello de luz que acompaña dicho tránsito y finalmente, la silenciosa oscuridad de la tumba.

En el primer capítulo del relato del cronista americano, el periodista inicia narrando la cotidianidad de afectados y sobrevivientes, que inmersos en sus labores diarias, cimentadas ya por las sirenas de la Segunda Guerra Mundial, se transformaron por completo con la inadvertida llegada de la radiación atómica. Por ejemplo, la mañana del atentado, como narra Hersey, “el doctor Fujii se sentó sobre la estera inmaculada del porche, en calzoncillos y con las piernas cruzadas, se puso los lentes y comenzó a leer el Asahi de Osaka”.  Dichas vivencias cotidianas, tan tranquilas, tan pretenciosas en el fondo, fueron interrumpidas sorpresivamente con la llegada de la bomba. El periodista conmemora estos retratos de los últimos días de una vida que después de la explosión nunca volvería a ser la misma.

Ese tránsito tan inesperado encontró su vía de ingreso a través de la inmersión de la ciudad en un silencio profundo; en una explosión sin estruendo alguno, en un reverbero que llegó casi en medio de la inconsciencia, en un sigilo que rompió sin escrúpulos la actividad de lo cotidiano, y que por sus mismas características, logró entrar inadvertido a las vidas de los afectados. “Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando estalló la bomba”, dice Hersey, figurándonos el atentado como el apacible y resignado ingreso de los cadáveres al silencio del sepulcro.

Sin embargo, en la narración del cronista, esa muerte tan inexplicable, también coronó con un relámpago, con un destello de luz, que para muchos que murieron ese día, fue la última visión, la última fotografía que se llevaron del mundo. El padre Kleinsorge, uno de los testigos de la crónica de Hersey, dice que inmediatamente después de la explosión, “el resplandor le había recordado algo leído en su infancia acerca de un meteorito que se estrellaba con la tierra”. Además de la alusión a la catástrofe natural que acabó con miles de especies, la bomba atómica también parece hablarnos del ingreso al otro mundo que sobreviene con la muerte, aquello que popularmente asociamos con la visión de un camino de luz.

Finalmente, tenemos la metáfora de la oscuridad, que en forma de una lluvia negra radioactiva sepultó la vida de miles de personas en una noche interminable . Esa mañana de verano, de sol resplandeciente, se cubrió “bajo lo que parecía ser una nube de polvo (…)” y gracias a la marea de escombros, “el día se hizo cada vez más oscuro”.

Sepultados en la supervivencia, en la vacuidad de la vida, miles de personas, arrulladas por la fatalidad de estar muertos en vida, salieron destrozados a pasear por la desgraciada tumba, saliendo de las cavernas de los escombros para tender sus manos al auxilio, pidiendo un rescate, ahogados en la desesperación, deformados por el resplandor, arrastrando los restos de sus cuerpos para suplicar ayuda. En el polvo, en la bruma, estas apariciones se hicieron multitud. Los habitantes de esta sepultura sin sosiego nos piden aún hoy nuestra compasión, y necesitan que en la múltiples calamidades de nuestros corazones, guardemos un espacio para contemplar los rostros acabados que murieron bajo el peso enorme de la injusticia.

@valentinacocci4

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