Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Historia de dos ciudades

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...”* Para llegar a la casa de Sandra Asprilla hay que atravesar cuatro patrullas, un CAI, y una interminable escalinata de cemento. Estamos en el barrio Nuevos Conquistadores, Comuna 13, occidente de Medellín.

Ascendemos por un callejón empinado. Todas las puertas de las casas están cerradas, y el camarógrafo que me acompaña murmura: “Estamos llenos de ojos encima”.

Cuando saludo a Sandra, un joven se escabulle en el rancho del frente con un machete.

Entro a su casa, limpia y digna, de estrato uno. Es de ladrillo, construida a manera de corredor, con techos de zinc. Un solo bombillo. El televisor está dañado. Aunque hay tres niños (ahora sólo dos) no hay juguetes que revelen su presencia.

En 1985, Sandra vino a Medellín con sus padres y hermanos, huyendo de la violencia en Apartadó. Ella es la mamá de Esleider Asprilla, uno de los dos menores brutalmente asesinados en la Comuna 13.

Mientras conversamos, su hija mayor, de 12 años, una negra hermosa y vivaz, se pasa la tarde limpiando la escalinata exterior... trata de contener el torrente de lodo del tubo madre que se reventó loma arriba.

“Siempre me despierto a las 3:00 a.m., pensando cómo lo matarían, cómo lloraría, cómo lo pondrían a caminar”, dice la niña en voz baja.

Esleider cursaba cuarto grado, le gustaba el fútbol, y los domingos se iba con su abuelo para la Plaza Minorista. Se la pasaba jugando en un solar con su mejor amigo, Esteban Álvarez. Cada uno con su perrito.

El pasado 16 de febrero, Esleider, Esteban y otro amigo subieron hasta “los tanques”, y cruzaron el territorio prohibido: la “Casa Embrujada”, llamada así porque en la pared exterior conserva las manchas de sangre de un hombre que recibió un tiro en la frente.

El tercer niño, dejado en libertad por los criminales, es ahora un testigo protegido.

Las familias de los chicos muertos están amenazadas. Sus hermanos no van a estudiar; sienten pánico. Al atardecer, migran a otro barrio para poder dormir.

Esta semana fueron capturados los presuntos culpables de los hechos. Mientras tanto, Sandra sigue vulnerable, aunque ya tuvo una cita con un delegado de la Unidad de Víctimas. (Ella, cristiana devota, es además viuda: hace 17 meses, en un bar del Centro, mataron a Johnny Hernández, el papá de sus hijos).

Después de despedirnos, pasamos de nuevo por el rancho que vimos al llegar... sólo se oyen disparos adentro. Como no tiene ventanas, no sabemos si se trata de un Play Station o de un televisor.

Regresamos a la otra ciudad. En varios paraderos consecutivos, la imagen de Los tres Caínes espera el bus.

“Lo tenemos todo, pero no somos dueños de nada, caminamos derechito al cielo pero tomamos el camino opuesto...”*

Así es la otra. La misma. Medellín, la más innovadora.

 

* Ana Cristina Restrepo Jiménez

*H istoria de dos ciudades, Charles Dickens. /

 

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