Por: Juan David Ochoa

Historia de fosas

Se descubre una nueva fosa más entre los montes de Colombia. Una más entre las miles descubiertas o anónimas aún bajo las capas de la larga barbarie dilatada por ejércitos que se renuevan siempre en el pretexto de lograr la justicia contundente, última y real. Resucitados cada vez que el hambre y la impotencia socavan los resentimientos atávicos.

Es una fosa más en las aberraciones de la guerra, en la cultura de las minas y las bombas y las ráfagas, y debería ser insulsa y superflua para la anestesia general del país de los muertos, salvo porque los restos encontrados junto a otros sin nombre y sin identidad pertenecen al patriarca de la última fase enfermiza de esta historia, el máximo líder de la triada paramilitar que protagonizó en su núcleo interno la metáfora perfecta de la perversión; Fidel Castaño.

Ahora y como siempre es un muerto el principal protagonista entre las grandes noticias del conflicto, y nada puede hablar ni revelar para aclarar los misterios. Un nuevo testigo nulo en el tiempo de la nulidad. Tampoco su hermano, el comandante visible, perpetrador de magnicidios y masacres, instigador del recrudecimiento de la paranoia criminal que terminó extinguiendo pueblos enteros hasta convertirlos en otras fosas al aire, pudo hacerlo. Tampoco lo hizo su otro hermético hermano, quien hasta hoy sigue siendo un fantasma, sin paradero, sin fosa y sin renombre. Toda una historia de muertos que se jacta de la lealtad con sus alianzas desde el silencio de las tumbas.

La historia oscura de los grupos armados que intentaron devolverle al país su “dignidad” con los métodos de la venganza pareciera haber entrado en estados de calma. La reinserción de las tropas  paramilitares y el proceso de paz con la cúpula de la guerrilla suscitan una nueva transición en el tiempo. Pero la historia y la realidad no evolucionan desde el simple desarme de las tropas, ni desde los acuerdos hipotéticos, ni desde su reintegro a la vida civil. La información detallada del virus paramilitar sigue siendo neblinosa. Sus grandes alianzas y sus grandes patrocinios siguen gozando del anonimato, de la libertad y del prestigio, y el hermético proceso de paz aun no revela las peticiones necesarias de perdón, ni las culpas exactas, ni la división de sus prontuarios correspondientes para el esclarecimiento.  La historia sigue siendo abstracta, y la ironía, siempre fiel a la tragedia, ahora expone ante la luz uno de sus grandes cadáveres antiguos como en un juego perverso y pedagógico para afirmar, una vez más, que la historia no ha cerrado el capítulo de su hediondez, y que aunque el tiempo y la diplomacia simulen el teatro del progreso, todo sigue apestando.

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