Por: Columnista invitado

Historia de tres mujeres

Una se volvió famosa poniéndose orejas de ratón. Otra, vistiendo atuendos de colores brillantes. Y la tercera, agotando a la oposición mientras cargaba un bolso.

El trío de muertes famosas esta semana es, al parecer, incongruente. Sin embargo, estas mujeres de fuerte espíritu —dos estadounidenses típicas, conocidas por sus nombres de pila, y una británica por excelencia, conocida por su apodo— fueron vívidos emblemas de su tiempo.

Tres mundos muy diferentes se conjuran cuando se piensa en Annette Funicello, Lilly Pulitzer y Margaret Thatcher.

De niña, pasé cada tarde con mis orejas y ropa interior del Club de Mickey Mouse, aferrada a un bolso rojo lleno de chocolates Milky Way, pegada a la televisión viendo a Annette y compañía. A mi hermano mayor y otros niños al borde de la adolescencia, la Annette en desarrollo encendió el primer escalofrío de hormonas. Atractiva hija de un mecánico de automóviles, creció en el Valle de San Fernando y transmitía el aire de una sencilla vecina italiana que, de hecho, pudiera haber sido tu amiga, o tu cita.

Era tan tímida que le preguntó a Walt Disney si debería ver a un psicólogo; él le dijo que no, que podía curarse de la cualidad que la gente amaba.

Más adelante, vestida con trajes de baño de dos piezas en sus locuaces películas de fiesta de playa con Frankie Avalon, parecía tan inocente como Sally Field en su hábito de monja voladora. El Sr. Disney, como siempre llamó al hombre que la descubrió a los 12 años en Lago de los cisnes, le imploró que se cubriera el ombligo.

Annette era el avatar de la infancia y el verano en la despreocupación. Razón por la cual fue un golpe tan fuerte cuando, en 1992, reveló que tenía esclerosis múltiple (EM). La alegre Mouseketeer, madre de tres, manejó esa despiadada enfermedad con gracia, convirtiéndose en el rostro de la EM, fundando un fondo para beneficiar la investigación y sirviendo como embajadora de la Sociedad de Esclerosis Múltiple. Años después de haber usado una andadera para aceptar su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood en 1993, Funicello perdió la capacidad de caminar o hablar. Pero no antes de haber compartido cuán orgullosa estaba de que pacientes con EM le hubieran dicho que, debido a que ella lo reconoció en público, ellos se sentían menos avergonzados de salir con bastones y sillas de ruedas.

“Como Cenicienta, creo que un sueño es un deseo que tu corazón hace”, dijo, con su temperamento dulce incluso a medida que la enfermedad la destrozaba. “He tenido una vida soñada”.

Pulitzer, otra embajadora de la diversión, concibió su vida soñada esgrimiendo una dulce rebanada del sueño americano. Al igual que su vecino Jimmy Buffett en Palm Beach, ella astutamente patentó Paradise Found. Hizo ropa de descanso de tono cítrico brillante que era, en las palabras de Vanity Fair, “código de riqueza WASP (blanco, anglosajón y protestante)”. La ropa tenía un atractivo esnobismo, como dijo la revista en 2003, notando que tanto Jackie Kennedy como su sirvienta vestían Lillys.

Justo como Annette no cedió a su enfermedad, Lilly, la hija de una heredera de Standard Oil, no cedió a los dictados de sus antecedentes de fortunas de abolengo. Después de que contrajera matrimonio con un heredero Pulitzer y se mudara a Palm Beach, andaba por la ciudad descalza, ofrecía salvajes fiestas, tenía tres hijos y sufrió un colapso nervioso. Un médico le dijo: “Usted no es feliz porque no está haciendo nada”.

Sin preocuparse por convertirse en un espectáculo en sí misma, abrió un puesto en la avenida Worth para vender la fruta del huerto de su marido; después, con un socio, vistiendo cubiertas baratas de patrones brillantes para ocultar manchas de fruta, tuvieron su Eureka. El estilo es más que la moda, destacó, y ser feliz “nunca pasa de moda”.

Margaret Thatcher, hija de abarrotero y madre del conservadurismo moderno, tenía sus defectos, lo sabe el cielo. El neoyorquino John Cassidy dijo que ella era una combinación de Ronald Reagan, Ayn Rand y el Dr. Strangelove. François Mitterrand dijo que tenía los ojos de Calígula y la boca de Marilyn Monroe.

La Dama de Hierro podía ser severa, pero era la más inusual de las criaturas: una líder que mantuvo la feminidad pero incluso así trascendió el sexo. Ella “se echó a la bolsa” a oponentes y subordinados transgresores. Manejaba con destreza la política en el club de niños; como niñitos, cuando lo necesitaron, o como pretendientes, cuando ella lo necesitó. Fue en Aspen en 1990 cuando le dijo al presidente George Bush que no fuera “enclenque” con Saddam, perforando en la parte más susceptible de la psiquis de Bush el temor a ser catalogado como un cobarde.

Mi momento favorito de Thatcher llegó mientras cubría una reunión del Grupo de los 7 en París, en 1989. Mitterrand le había dado un mal lugar dos veces, comparado con otros dirigentes mundiales: una vez en la ópera y otra en el puesto de revisión para un desfile que conmemoraba el bicentenario de la Revolución Francesa, allí donde el rey Luis XVI fue guillotinado. Además, Michel Rocard, el primer ministro socialista de Francia, la reconvino por “crueldad social”.

Cuando Maggie salía de París, ofreció un incisivo mensaje sobre los excesos de la Revolución Francesa, presentándole taimadamente a Mitterrand un libro empastado en cuero rojo: Historia de dos ciudades.

Maureen Dowd / *Columnista de 'The New York Times'

 

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