Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Historia de una ilusión

NO: no hablaré de la sección de Colombia. Sino del hecho que el Congreso tramita aún otro estatuto para disponer de los bienes incautados a los narcos y otras formas de criminalidad organizada.

Este problema, aún sin resolver, constituye en realidad una de las radiografías más apasionantes de la extraordinaria pereza redistributiva del Estado colombiano, que continúa hasta hoy.

A finales de la década de 1980, el campo colombiano era ya muy desigual, y por muchas de nuestras especificidades institucionales los narcos estaban comprando tierras masivamente, tal y como lo reportó de manera pionera Alejandro Reyes. La alternativa de la reforma agraria no estaba sobre la mesa como opción de política, pues el mundo de las ideas se había movido hacia la dirección del fundamentalismo del mercado. Pero sobrevivió una gran promesa democrática, que ha mantenido su vigor a nivel de discurso, aunque sin casi producir ningún efecto práctico: expropiar a los grandes hampones para darles a los campesinos. Virgilio Barco jugueteó con la idea. Después, Frechette proclamó que una medida que tomaba el gobierno de Samper a instancias suyas, y que iba en esa dirección, “partiría la historia de Colombia en dos”. ¿Alguien se acuerda hoy de cuál era? Se pueden multiplicar los ejemplos, que llegan hasta hoy, pues la Ley de Víctimas se inspira en buena parte en la esperanza de poder hacer la tarea de la restitución tocando solamente a los agentes “de mala fe”.

Y sí: ¿por qué no? Sabemos que muchos actores ilegales adquirieron grandes extensiones de terreno, vía coerción, vía mercado o vía una combinación de ambas. Quitarles a ellos para devolverles a las víctimas, o para adelantar otras tareas con grandes efectos anticoncentración de facto, tendría una gran legitimidad nacional. Los enemigos de la operación tendrían que limitarse a oponer objeciones indirectas; sería difícil imaginarlos defendiendo abiertamente al mundo delincuencial de los despojadores. Y ganaría aún más legitimidad internacional, debido a sus poderosos efectos antinarco, propobre y propaz. Por último, pero no menos importante, minimizaría las oposiciones desde dentro del sistema, pues daría garantía a los actores legales de que no serían tocados.

Desde el principio, todo pareció tan al alcance de la mano... Sin embargo, una y otra vez esta, la gran carta redistributiva de los últimos lustros en Colombia, se estrelló contra una pared. Primero, agencias enteras, como la Dirección Nacional de Estupefacientes, fueron ocupadas por complejas redes de políticos y operadores técnicos que transfirieron los activos a sus parientes, amigos y apoyos regionales (algunos de los cuales eran, por cierto, también narcos). Segundo, las supuestas ofensivas para transferir estos activos encallaron muy rápidamente. Tercero, resultó que las conexiones con la criminalidad organizada de varias categorías de actores legales eran mucho mayores de lo que habían supuesto los tomadores de decisiones. Cuarto, a menudo el Estado mismo se encargó de crear incentivos, ventanas de oportunidad, formas de operar y reglas de juego que habilitaron y fortalecieron a actores peligrosos. Esta es una historia que va desde la ventanilla siniestra hasta el inaudito tema de los baldíos. Por una parte, la Superintendencia de Notariado clama, con razón, que el Estado no tiene ni idea de cuántos baldíos hay; por otra, el ministerio corre a asignarlos, con reglas de juego que con mucha generosidad se pueden calificar de ambiguas (para el caso específico de la situación actual de la altillanura, ver sendos reportes en Verdad Abierta). Esta es la fórmula segura para crear una catástrofe regulatoria. Quinto, las distintas modalidades de redistribución se estrellaron contra la capacidad de los actores involucrados de combinar la violencia y el uso sofisticado del derecho para obtener sus fines.

Es hora de recapitular estas experiencias y preguntarse por las alternativas.
 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

Extremistas allá y acá

Dosis mínimas

Amárrense los cinturones

Varias veces sí

Olvidos