Por: Arturo Charria

Historia de una nostalgia

La historia del Cúcuta Deportivo tiene dos elementos constitutivos: el amor y la muerte.

Recuerdo que la primera vez que asistí al estadio General Santander fue en 1992, no había cumplido 8 años y todo me parecía monumental. Yo, que estaba acostumbrado a jugar en el barrio, sobre una cancha de cemento, ví el estadio como un espacio gigante. Ese día me acerqué a la malla y los jugadores me parecieron descomunales. Recuerdo aquel sonido seco del balón cuando después de un vertiginoso regate, el “Nene” Díaz centraba desde el lateral, buscando por los aires al “Cóndor” Mosquera. Cuando regresé a jugar con los amigos de la cuadra, intenté imitar el regate y el sonido del balón, pero solo conseguí dejar parte de mi rodilla en el cemento, además de botar el balón por encima del muro que separaba el barrio de la universidad.

Como el Cúcuta siempre estaba disputando los últimos lugares de la tabla, el triunfo o la derrota no eran una angustia que afectara la emoción del estadio. No era indiferencia, sino un dolor acumulado que crecía como el calor de esas tardes en la frontera. Allí, entre las 3 y las 5 de la tarde, la vida y la muerte se le iba a más de un aficionado con cada desatino de los jugadores, sumado, claro está, a los consuetudinarios errores de los árbitros, que corrían por la cancha de negro absoluto, como si se tratara de un mal augurio.

Es posible identificar la relación trágica que nos acompaña a los hinchas del Cúcuta Deportivo en los orígenes que tiene este deporte en la ciudad. A diferencia de tantas cosas que nos llegaban tardíamente o que simplemente nunca llegaban, la pelota comenzó a rodar el primero de enero de 1900, en una pausa festiva de los trabajadores italianos que trabajaban en la ampliación del Ferrocarril de Cúcuta. La ciudad recibía el nuevo milenio entre la zozobra de la Guerra de los Mil Días y las promesas de modernidad que implicaba dejar atrás el sangriento siglo XIX.

El primer partido se jugó con una pelota de cuero llena de aserrín, no hubo árbitros ni reglas, solo un puñado de hombres que corrían asimétricamente detrás de un balón, que debía entrar entre unos improvisados palos amarrados con cabuya industrial. El lugar escogido para ese primer partido fue el antiguo Cementerio de Carora, que había sido clausurado un par de años atrás, por la epidemia de fiebre amarilla que mató a miles de cucuteños.

Aunque las reglas solo llegaron 10 años después, el nuevo deporte se hizo muy popular entre los jóvenes de la ciudad, pues en 1923 ya existían 22 equipos. Los partidos se siguieron jugando en los terrenos del antiguo Cementerio de Carora, lo que molestó a muchos ciudadanos que decían que esa “cosa” redonda que perseguían no era un balón de cuero, sino el cráneo de un muerto que habían desenterrado.

Pero hoy no llevan a los niños al General Santander, el estadio está abandonado y el equipo juega en Zipaquirá. Los políticos y los dirigentes han logrado lo que no pudieron hacer los vecinos del Cementerio de Carora y los curas, que perseguían con palos a los herejes que irrespetaban el campo santo, para que no jugarán más en la ciudad. Las sillas, que antes quedaban cortas para el corazón de la afición del Doblemente Glorioso, ahora se llenan de carcoma y rastrojo, porque en el estadio solo juega la nostalgia.

Esta semana el Cúcuta Deportivo se juega la vida contra el Deportes Quindío en Zipaquirá, mucho iremos al estadio, buscando no solo que el Cúcuta llegue a la final, sino para volver a sentir en el corazón el calor de aquella tarde de domingo en que, por primera vez, vimos los regates y el sonido seco que hacía el balón, cuando llegaba a los pies del “Nene” Díaz.

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