Historia de una Piper Navajo

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Artículo publicado en El Espectador el 29 de agosto de 1983 y que adquiere vigencia al salir Carlos Lehder de la prisión donde estuvo recluido 33 años. La irrupción de Lehder en el Quindío comenzó con el regalo de una avioneta al gobernador. Aquí está la historia.

Sobre la pista del aeropuerto El Edén, de Armenia, apareció un día, hace cuatro años, una avioneta abandonada. Traía una tarjeta, o sea un rumbo cierto: de Carlos para Mario. Mario (Gómez) era el gobernador del Quindío. Carlos, el dadivoso remi­tente, venía seguido de un apellido extranjero que sonó curioso y enig­mático: Lehder.

Algún viejo, haciendo memoria, se acordó de un ingeniero Lehder que en lejanas épocas había trabajado en la cons­trucción del ferrocarril de Armenia. Y corriendo el tiempo, su hijo Carlos, un joven de 27 años, quemado por soles tropicales y oloroso a dólares y otras sustancias, a quien nadie conocía y a quien su propio progenitor vendría a desconocer, hacía noticia en la escasa crónica municipal.

Y es que regalar una avioneta, cuando su precio es de doce millones de pesos, produce impacto en cualquier parte y a cualquier desti­natario. En Armenia, sitio tranquilo —la ciudad de los milagros y las cosas raras—, donde se ignoran, o se ignoraban, presentes de esa magnitud, hubo alboroto parroquial. El gobernador, que al principio su­puso que se trataba de una de las tantas bromas que acostumbran sus paisanos, quedó confundido al ver que la cosa era en serio.

No se trataba de un juguete inofensivo, sino de una avioneta ejecutiva —Piper Navajo—, apta para todos los vientos y aperada para todas las emergencias. Mario no sabía si tocar el extraño aparato o devolverlo. Pero al fin se decidió a abrir el paquete, y ya metido en la grande, o sea en la grande navegadora de rutas insospechadas, descansó o se decep­cionó al notar que el obsequio no era para él, en persona, sino para el gobierno que representaba.

El encarte, no obstante que Mario ya no tendría que recibir las clases de pilotaje que alcanzó a presentir, seguía siendo mayúsculo. Llamó al jefe supremo, y Turbay creyó des­pertar en medio de un guayabo es­pantoso. La noticia pronto irrumpió en el alto Gobierno, y después de muchas cavilaciones y dudas jurídi­cas se aceptó la ofrenda. La ofrenda de un descendiente de alemán que por una historia de ferrocarril había nacido en la hermosa tierra que ahora se proponía agasajar. Y conquistar, como se verá. Agasajar, por lo menos materialmente.

El regalo moral ya es otra cosa, y hoy los quindianos se preguntan si no hubiera sido mejor devolver aquel pájaro exótico que habría de partir en dos la historia de Armenia. Pero como el aparato era de contrabando, el ave se quedó en casa. Un ave con plumas relucientes y pico acerado que pe­netraría en todas partes, hasta en los intersticios más secretos de ciertas conciencias.

Silvio (Ceballos), el siguiente gobernador, consideró que para sus despla­zamientos por un territorio reducido y de fácil acceso no necesitaba de águilas imperiales. Legalizado el contrabando, la dádiva (llámese carnada) salió a remate público. Nadie ofreció la base. ¿A quién, que no fuera mafioso o potentado (términos afines), iba a interesarle la Piper Navajo? (En principio se creyó que esta era una vedete internacional, y el símil fue bien logrado).

De todas maneras, doña Piper Na­vajo quedó en poder del público en la tercera sesión del remate. La vedete internacional, que ya muchos habían idealizado, fue conquistada (rematada) por un solitario oferente, a quien más tarde se señalaría como el piloto de Lehder. Harina para el mismo costal. Así, el ave descarriada volvía a casa, ya legalizada y a mitad de precio.

Con el producto de la subasta se hizo una obra social. ¿Dinero calien­te, como ahora han dado en llamarlo? Sea lo que fuere, don Carlos Lehder, hijo de Armenia, con 27 años mal contados (y bien vividos, en su ca­lenturiento mundo de aventuras in­ternacionales), hacía su presentación al pueblo que lo vio nacer. Su nombre, al principio indescifrable, se multi­plicaría de boca en boca, como en la cena de los panes increíbles.

Comenzó comprando tierras. Y pasó a comprar conciencias. Tanto las unas como las otras tienen precio, y para eso la capacidad de nuestro magnate es incalculable. Abundaban, mientras tanto, los donativos generosos a cuanta obra social —eclesiástica o mundana— se le presentaba, y en los entreactos les hacía guiños a los periodistas.

Terminó regalando a los periodistas una significativa contribución eco­nómica, que naturalmente también era publicitaria (a lo Piper Navajo), y estos, bandeja de gratitud en mano, se hicieron retratar, muy sonrientes y muy emocionados, con el nuevo líder de la comunidad. Hoy nadie quiere acordarse de aquella foto histórica.

Entre sonrisas, coqueteos, do­naciones y audacias, o sea, con sutil inteligencia, crecía el personaje. Un Corleone colombiano. Como don Carlos hablaba en dólares, movía tierras y maquinarias, construía pa­rajes turísticos, organizaba actos deportivos, hacía obras de caridad, pagaba los mejores sueldos del país, emocionaba a la juventud y destro­naba a los viejos, le llovían ins­cripciones para sus listas. Señoritos y señoritas, comerciantes, ejecutivos, doctores, poetas, escritores, políticos desubicados, aventureros… fueron subiendo al tren de la alegría.

Lehder, que ya tiene periódico propio y periodistas in­condicionales, fundó su movimiento político. Aspira a llegar a los cuerpos legislativos. Y no tiene empacho en declararse miembro respetable de la mafia internacional. Anota, además, que el país está lleno de pequeños y grandes mafiosos, lo cual no es ningún secreto para nadie. Desde Cayo Norman —su isla de la cocaína— muchos peces se han engordado. Al narcotráfico lo llama “bonanza colombiana”, y esto estimula a los perseguidores de fortuna fácil.

La gente fue llegando. Se habla de comilonas y bacanales, rociadas de extrañas bebidas y frenéticas yerbas. El paraíso de los paganos ha abierto sus puertas en la tierra del café, y todos, chicos y grandes, se empujan para entrar. Algunos quedarán desgarrados de por vida, pero esto ya es otro capítulo. A Mario, el gobernador, le ofreció nombrarlo gerente general de su imperio, con sueldo y prebendas monumentales, pero el elegido no mordió el anzuelo. Lo mordió, en cambio, su joven secretario de Gobierno, hoy otro de los nuevos ricos de la ciudad.

Los políticos tradicionales, puestos por él en jaque, le enrostran los dineros calientes (o sucios, en lenguaje franco) con los que está pervirtiendo la política colombiana. ¿Acaso, pregunta alguien, no son igualmente sucios los desviados au­xilios parlamentarios? ¿Con unos y otros no se está asaltando la concien­cia pública y sobre todo la conciencia privada?

Lehder tiene asustados a los polí­ticos del Quindío y del país entero. Les advierte que sus curules están en peligro. Estos lo acusan de mafioso y él se ríe de ellos en sus dominios ilimitados del poder económico y la provocación desdeñosa.

El caso Lehder es un grito en la conciencia, un reto a la moral pública del país. Que no se contrarrestará con estériles reproches ni tontos lamentos. Es una ficha floja en la conducta de gobernantes y políticos, de padres y educadores, de capitalistas y empresarios, de eclesiásticos y ciudadanos rasos. Nunca el fariseísmo, tan de moda en estos días, ha remediado los problemas sociales ni los problemas de familia.

Obsérvese bien y se verá que los males no llegan solos, por generación espontánea. El episodio Lehder, si se quiere, es un episodio moralizador. Hay tratamientos médicos que se aplican con éxito amputando miembros atrofiados.

Y todo comenzó con una Piper Navajo —de Carlos para Mario–, abandonada un día en el aeropuerto de Armenia, naturalmente con carta de navegación...

escritor@gustavopaezescobar.com

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