Por: Marcos Peckel

Historia y Memoria Colectiva

Son totalmente diferentes. La historia queda plasmada en los libros de acuerdo con la versión de quien la escribe y muy pronto se olvida. La memoria colectiva queda grabada en el ADN de los pueblos por generaciones.

La construcción de memoria no es un ejercicio académico, ni de comités, ni de decretos, ni se logra con frondosos reportes. Es una serie de elementos y símbolos simples con los que la Nación se identifica de manera emocional más que racional. Se construye apelando a los sentidos más que a la razón.

En las sociedades que han sufrido eventos traumáticos: guerras civiles, insurgencias, dictaduras o genocidio se produce un conflicto político por determinar la memoria, por imponer cierto ethos en la interpretación histórica y por enviar al olvido acontecimientos perjudiciales para aquellos que logran el control de la memoria, que no se construye solo con el testimonio de las víctimas. Se requiere el de los victimarios y cuando estos no coinciden, queda una guerra de memorias.

El conflicto colombiano plantea un desafío casi infranqueable en la construcción de memoria. Las víctimas no tienen una sola voz, en algunos casos se prestan a manipulaciones, sus victimarios son diversos y no han hablado. Si la comisión de la verdad obtiene testimonios reales de guerrilleros, paramilitares y actores estatales sobre las atrocidades, tal como ocurrió en Sudáfrica, algo se habrá avanzado. Sin embargo, se requiere que el colectivo se identifique con el sufrimiento de las víctimas del conflicto, para las cuales en Colombia lo que ha habido es grandes dosis de indiferencia.

El sociólogo francés Maurice Hallwacks, quizás el mayor estudioso de la construcción de memoria colectiva, quien falleció en el campo de exterminio nazi de Buchenwald decía “el pasado se construye desde el presente” a lo que se podría agregar “y determina el futuro”.

En una sociedad tan fragmentada como la colombiana, crear una narrativa del conflicto que se transforme en memoria colectiva es casi “vaciar el mar con la mano”. A duras penas se podría crear un mínimo común denominador. Basta el ejemplo de la toma del Palacio de Justicia, un acontecimiento traumático que marcó la historia de la guerra en Colombia y sobre el cual no se ha construido memoria colectiva alguna. Bojayá, El Salado, Soacha y Mapiripán representan quizás tenues y aislados avances en la construcción de memoria.

Mientras los jefes de las Farc se transforman en vedettes, pocos pueden nombrar a los comandantes de las Fuerzas Armadas del Estado defensores de la institucionalidad. Miles de víctimas militares, muertos y lisiados podrán recibir una “pensioncita”, pero no aparecen en el radar de la memoria colectiva. El 19 de julio fue establecido por la ley 913 de 2005 como el “día nacional de los héroes”. ¿Alguien fuera de las barracas lo sabe?

¿Que recordará la próxima generación de colombianos sobre el conflicto? ¿Quiénes serán los buenos y quienes los malos?

Buscar columnista

Últimas Columnas de Marcos Peckel