Por: Yolanda Ruiz

Historia y olvido

El aniversario de la muerte de Pablo Escobar nos trajo desde el más allá otra vez la imagen del capo, sus delitos, los dolores que nos generó y que nos siguen golpeando. Con ese regreso en el tiempo apareció el debate de nunca acabar: los que quieren olvidar y piden a gritos que no se hable del personaje para que el país salga del estigma de ser la patria de Escobar y los que creen que no se puede borrar la historia, aunque duela. Pertenezco al segundo grupo. Nos guste o no, la violencia del narcotráfico, como la violencia política, forma parte de nuestra historia y entender lo que nos ha pasado puede ser también parte de la sanación, si algún día la logramos.

Negar el pasado no es el camino, esconder la cabeza puede ser un alivio temporal, pero al final nos pasará factura. Sobre los muy interesantes especiales de diversos medios de comunicación noté una opinión recurrente: eso es hacer apología al delincuente. No ví en ninguno de los reportajes una defensa de Escobar y lo que sentí era más bien la necesidad de revivir un dolor que nos marcó, una reivindicación de las víctimas y un tratar de comprender el fenómeno que sigue vivo en su esencia. No tenemos un capo mayúsculo, pero el narcotráfico sigue siendo uno de los grandes problemas del país, la violencia está ahí, las platas manchadas de sangre han permeado la sociedad y la cultura mafiosa del dinero fácil y “todos tienen precio” está incrustada en muchos escenarios de nuestra sociedad carcomida por la corrupción.

No se puede reescribir la historia, pero muchos lo intentan. Hoy buena parte del país, gracias a una estrategia política exitosa, niega la existencia de un conflicto armado que nos ha desangrado. Eso nos ha impedido entender la guerra que hemos librado por más de medio siglo y ha sembrado de minas el camino hacia la reconciliación, del cual estamos lejos a pesar de la firma de un acuerdo importante. No podemos coincidir todos en la manera de interpretar lo que pasó, porque hay sesgos ideológicos y políticos, pero los hechos no se pueden cambiar y están ahí: hemos estado en guerra más tiempo del que se puede aguantar, el narcotráfico sigue y Escobar fue un personaje real que marcó como pocos al país. Demoler el edificio Mónaco no cambia eso, no va a revivir a las víctimas ni a reparar el daño que nos hizo como sociedad ese hombre que simboliza el mal, aunque no es el único que ha sembrado de muerte y dolor este país.

Es posible que derribar los restos del capo sea un acto simbólico que ayude a algunos a sanar, pero es también borrar un pedazo de la historia. Nuestros hijos y nietos deben saber lo que fue esa época oscura, porque no la queremos repetir. Por estos días, quienes vivimos como adultos los años finales de la década de los 80 estamos caminando en el borde de un precipicio que nos jala hacia el pasado porque se van cumpliendo aniversarios importantes de momentos que nos agredieron en carne propia. Somos sobrevivientes de esa violencia que mostró su peor cara en esos años. Escobar nos golpeó a todos, nos marcó, nos cambió la vida y muchos apenas lo han notado.

Parte del exorcismo de esos demonios es recordar, hablar, hacer esa catarsis colectiva. No es promover la imagen de un capo, es sanar el alma de un país que no acaba de llorar su duelo. A mí en lo personal me ayudó mucho un cuento del nuevo libro de Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, que recomiendo sin duda a los que tenemos memoria de esos años dolorosos: Los muchachos es un relato que refleja cómo la violencia toca y se impregna en el alma porque no pasa impune por la vida de nadie. Escobar nos agredió y no mencionarlo es intentar borrar lo imborrable. El problema no es nombrarlo, es lo que su existencia nos dejó como herencia.

 

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