Por: Oscar Guardiola-Rivera

Historias de horror

Hace cinco décadas, el escritor Ernest Hemingway se suicidó mientras su esposa Mary dormía en el otro cuarto de su casa en Idaho.

Desde entonces, psicólogos y biógrafos han intentado resolver el misterio de su muerte.

Para algunos, el tiro de escopeta en la cabeza fue el resultado de la depresión a causa del reconocimiento de que sus mejores días como escritor habían terminado. Para otros, el suicidio de Hemingway revela la funesta influencia del alcohol. Otros hablan de un desorden mental.

En un artículo publicado en el New York Times la semana pasada, su mejor amigo y colaborador, Aaron Hotchner, propuso que el factor decisivo en la decisión de Hemingway de quitarse la vida había sido la insoportable ansiedad causada por la persecución de la que fue objeto por parte del FBI de  Edgar J. Hoover.

Hotchner confesó su arrepentimiento por no haber prestado suficiente atención a los temores de su amigo. Durante una visita en noviembre de 1960, y tras haber notado el comportamiento extraño del escritor, éste le reveló que el FBI lo perseguía. “¿Por qué?”, preguntó Hotchner. “Es el más condenado de los infiernos”, le respondió Hemingway. “Lo interceptan todo. Por eso estamos utilizando el carro de Duke. El mío tiene micrófonos. No puedo usar el teléfono. Está intervenido. Abren mis cartas, y vigilan mi cuenta bancaria”.

Como tantos otros, Hotchner atribuyó esta y otras muestras de ansiedad al progresivo deterioro de su salud mental. Tras la visita, Hemingway fue internado en la Clínica Mayo, donde recibió terapia de electrochoque.

Sin embargo, en los 80 se hizo público el archivo que el FBI había construido sobre Hemingway durante más de dos décadas. Contiene cerca de 120 folios, 15 de los cuales han sido bloqueados por razones de seguridad nacional. A pesar de ello, el archivo demuestra el muy cercano interés del FBI por Hemingway, y en particular, por las conexiones del escritor con Cuba. Es a la vista de estas revelaciones que Hotchner ha cuestionado el potencial impacto que la persecución pudo tener en su amigo.

A fines del año pasado pude conocer el contenido de los casi 600 folios del archivo que el DAS había compilado tras una década de seguimiento a un periodista amigo y a su familia. Con llanto en los ojos, su esposa me relató cómo se había enterado de que el amigable taxista que la esperaba afuera del supermercado era en verdad un espía. Me hablaron de los micrófonos en el apartamento, la correspondencia abierta, los seguimientos a sus hijos a la salida del colegio, los teléfonos intervenidos y la persecución constante. Es para volverse loco.

¿Cómo contar la historia de esa década de pesadilla? Para mí no hay duda. Como en el caso de Hemingway, se trata de una historia de horror.

* Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres

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