Por: Brigitte LG Baptiste

Historias naturales

En el III Congreso Mundial de Historia Ambiental, que culmina en estos momentos en Florianópolis (Brasil), se han presentado innumerables trabajos donde se discute la condición del cambio ecológico producido por las actividades humanas. Una de las anécdotas de pasillo, normalmente más ilustrativas que la síntesis apretujada de artículos y resultados de investigación, mencionaba cómo la noción de “naturaleza”, que siempre se esgrime como recurso para criticar las actividades de los demás (nunca las propias), se estaba convirtiendo en una categoría difícil de digerir: las comunidades de castores, una especie carismática y que se recupera en Europa, están bloqueando las migraciones de peces al ubicar sus presas justo en las infraestructuras de escalinatas que acompañan los proyectos hidroeléctricos de Austria. Los peludos ingenieros construyeron sus estructuras encima de los pasos diseñados por los humanos ingenieros, lo cual es un acto adaptativo legítimo de su parte, pero no pueden ser controlados pues se trata de una especie tierna y en peligro. Se impone un criterio de racismo animal en el cual los peludos se ven favorecidos sobre los escamosos, parte del famoso “efecto peluche”; es más legítimo comer peces que cuadrúpedos sin que importen la ciencia ni otras prácticas culturales.

En otro caso comentado, se reportaba la complejidad del manejo de muchos zoológicos del mundo, a donde llegan animales silvestres a acomodarse sin ser parte del conjunto de individuos que se manejan, convengámoslo, en reclusión. Las condiciones artificiales, sin embargo, atraen la atención de decenas de especies que prefieren trabajar menos en el bosque que en la ciudad: no hay nada más duro que la lucha silvestre por sobrevivir y cualquier oportunidad que deliberada o inconscientemente crean los humanos es inmediatamente aprovechada por la flora y fauna, que rápidamente aprende a ser parte de nuestros proyectos culturales.

En las chagras indígenas amazónicas se siembra un exceso de yuca para que coman el tintín y el ñeque, lo cual ayuda a sus poblaciones a crecer y, eventualmente, permite la “cacería de jardín”, una estrategia tradicional para obtener carne de monte sin ir al monte. Obvio, el jaguar ya aprendió dónde hay presas y prefiere esperar a la sombra de la luna en los cultivos para cazar: más fácil que deambular hambriento kilómetros de monte.

Las historias naturales referidas son sólo ejemplos de los miles de procesos y funciones ecológicas que la humanidad ha modificado sólo con existir y prosperar, lo que implica reconocer que nuestra evolución cultural es absolutamente natural, pues hemos aprovechado nuestras capacidades adaptativas de la misma manera que los castores, los mapaches urbanos o los jaguares. Otra cosa es que ello esté libre de consecuencias, que pueden ir tan lejos como el colapso de la sociedad, especialmente debido al desconocimiento o mal gobierno de los ecosistemas de los cuales hacemos parte.

Los tiranos maya del siglo XIV, tan adorados ellos, fueron incapaces de sostener mínimos niveles de bienestar en sus comunidades, seguramente atrapados por la —esa sí natural— codicia y corrupción humanas. La lección, la inevitable necesidad de hacer ciencia que alimente las decisiones colectivas y, por supuesto, evitar el efecto peluche, tan lamentable como la mermelada.

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2019-07-25T00:00:56-05:00

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2019-07-25T00:15:02-05:00

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